miércoles, 24 de junio de 2009

Decimoquinta parte: Nicaragua II - Hogar

Novedad: el bus al Ostional va hasta la bandera. Voy de pie en el pasillo. La niña que está sentada a mi lado lleva sobre el regazo y sin envase alguno una tarta que reza Felicidades Mamá, con más colorante que un helado pitufo. El camino hasta el Ostional es de tierra y el paisaje absolutamente agreste. Hace mucho calor y los ornamentos florales del pastel se ven cada vez más mustios. Delante de mí, también de pie, la locaza del lugar, Carlos, ataviada con una camisa de plumaje y una raya de ojo que a nadie escapa. Comenzamos a hablar. Él emplea un lenguaje que me recuerda al de los cuerpos de seguridad del estado cuando intentan describir a los medios una operación policial; abusivamente adverbial y gramaticalmente inconexo. Me encanta a la vez que me confunde.

Carlos no es discreto y en dos minutos los de alrededor nos miran de reojo y/o descaradamente. Sin duda somos una pareja llamativa; el gay y la chele. Al de una hora de viaje le pregunto si queda mucho. Ay sí, muchísimo. Y entonces empieza a contarme que le encantan las grandes voces de España; Isabel Pantoja, Rocío Durcal, La Oreja de Van Gogh. Se las sabe todas. También me pregunta si conozco las grandes voces mexicanas, como Ana Bárbara o Ana Gabriela, todo acompañado de una pequeña tonadilla demostrativa, no vaya a ser que me suene la canción. “O sea, ¿que además de bailar 19 géneros eres cantante?” le pregunto, “ay no, es que ya a mis 40 años...”. “¡40, si parece que tienes 20!” (lo parece). “¿Ay sí?, ¿de verdad? Mucha gente me lo dice. Será que me conservo bien, ¿cierto?”. Muy cierto.

Seguimos hablando de música. “A Paquita la del Barrio sí que la tienes que conocer”. Se pone serio. Voz grave. Se arranca:

Rata inmunda, animal rastrero, deshecho de la vida, maldita cucarachaaaaaaaaa.

A mí me da un ataque de risa y él se contagia. Ahora sí que todo el mundo nos mira. “Cántamela otra vez, por favor”, le ruego. Se vuelve a poner serio y se vuelve a arrancar. “Me encanta”, le digo. “Ya sabía yo”, me dice. Me comenta que casi estamos llegando a su casa (a todo esto, llevamos casi dos horas de camino), que me va a copiar un CD y me lo sube al bus (cojo el último de vuelta a San Juan).

En el Ostional pueblo se ve poca gente. De camino a, y en la playa, nadie. Reparo en que estoy a merced de quien pase, así que guardo la cámara y abro mi navajita plateá en el bolsillo. Porsiaca.

De nuevo en el bus de vuelta, esta vez no tan lleno, paramos cerca de la casa de Carlos para recoger gente y, efectivamente, ahí sube él. “¡Martaaaaa, los discos!”. Besos y abrazos escandalosos en el pasillo y los lugareños ojopláticos, pensando de qué narices se conocen estos dos. Supongo que dios los cría... Son dos CDs, en uno pone “Divas Coleccion”, leído con toda seguridad “colecsion”. Regreso al hostal, donde me dicen que vaya peligro haber ido sola al Ostional, que no es nada seguro. A buenas horas.

Casualidades de la vida, aquí precisamente coincido con otros tres vasquitos; otro Carlos, de Irún, que lleva viviendo en San Juan seis años y dos hermanos de Azpeitia, Luis e Irantzu, de viaje por las Américas. Luis e Iran me cuentan cómo les atracaron a golpe de cuchillo yendo a la playa del Remanso; mochila, dinero y cámara. A pesar de que lograron verle la cara al quinceañero delincuente, porque se quitó el pasamontañas, la policía poco o nada hizo por ayudarles. Entonces se pusieron en contacto con Carlos, por si les pudiera echar una mano para recuperar sus cosas. Carlos les llevó en auto hasta el lugar de los hechos y mira tú que allí estaba el chaval.

Momento Euskal label:

Luis coge un palo y sale, seguido de su hermana, corriendo detrás de él, dándole alcance al final de la playa. “Luis, dale hostias, dale!” (en euskera, claro), dice Irantzu. No le dan, pero dejan al chaval temblando y, con un par, logran que lo enchironen. En los días sucesivos me vuelvo a encontrar con ellos y les pregunto cómo va lo suyo. “Esperando estamos a ver si lo sacan de la cárcel” (léase con acento vasquito). Y no os imaginéis para nada un par de brutos, al contrario, dos chavales bien tranquilos y nobles. Finalmente, otro día, Luis me dice que han recuperado la cámara. La policía les llamó diciendo que la habían “encontrado”. Yo alucinaba. Le digo que vamos a cenar en casa de Carlos esa noche, a ver si se animan. “Bueno, ya comento con la herrrrmana, que ella es la que manda”. Matriarcado vasco hasta el final.

Tanto símbolo de la tierra parece anunciar el fin del periplo.

Efectivamente, paso los 10 últimos días de las Américas en Cahuita, Costa Rica, haciendo snorkel, pescando y reflexionando sobre este pedazo vuelta al mundo. Entro en Europa por Viena, Austria, donde visito unos días a mi amigo Luke (aquel prisionero en Vietnam). El 17 de junio llego a Bilbao, donde ya llevo unos días nutriendo y descansando en la casa paterna. En dos días estoy en Barcelona. Ay ama.

A algunas ya os he visto. A los demás, muy pronto.

Sana y salva.

La historia en imágenes

Decimocuarta parte: Nicaragua I

Hoy doble capítulo.

El trayecto desde la capital hondureña, Tegucigalpa (sí, Tegucigalpa existe) hasta la frontera nicaragüense implica varios buses y pocas esperanzas de cruce con luz del día. El último bus me lleva hasta El Paraíso, un pueblo que poco honor hace a su nombre. En el descampado donde me apeo, dos guardas de seguridad con sendos pistolones, no más de 20 años, engominados y con cara de llamarse Walter Yónatan, buscan gente para fletar un taxi hasta la frontera. Un señor con pocos dientes se nos une y allá que nos vamos. A ver para dónde apuntan esos rifles muchachos, que la carretera tiene mucho bache. El paso fronterizo es fácil, aunque soy la única mujer entre un nutrido grupo de hombres, principalmente camioneros. Cae la noche.

Suerte. Aún hay bus hasta Ocotal. Detrás de mí se sienta el señor con pocos dientes con quien he compartido taxi. Comenzamos a hablar. Yo estoy encantada de platicar pero le digo que voy a mirar hacia delante porque igual me mareo, que no se ofenda. “Ah sí”, me dice, “eso es un desequilibrio mental”. Lo dice tan convencido que me deja pensando. Pero le da igual. Me sigue hablando y me cuenta cómo él en los 80 era jefecillo sandinista (ah, vuelvo a girarme con interés) y cómo su vida había cambiado desde que encontró a Jesucristo. Acabáramos. Porque antes, como era marxista-leninista, pues no creía.

Noche en Ocotal y otras cuatro horitas de bus hasta Managua, donde voy a visitar a Javier, hijo de unos amigos de mis padres que lleva viviendo allí cinco años y a quien no he visto desde que tenía seis. Algunos ya sabréis que allí lo de la enumeración napoleónica de las calles no se lleva, es decir, lo de Rue del Percebe núm. 13 no existe y las direcciones son tipo; de la iglesia Fátima, 4 andenes al sur, de la farmacia Baltodano, 4 casas arriba (el día que cierre el de la farmacia la lía). Así que allí andaba yo haciendo cábalas con el taxista para encontrar la casa de mi amigo cuando diviso un auto con el escudo del Athletic y una ikurriña izada en la puerta. Va a ser aquí.

A Managua, como a toda capital de por aquí, hay que saber encontrarle los sitios. Es una ciudad incómoda sin auto porque no se volvió a reconstruir tras el terremoto del 72, carece de “centro” y los barrios están bastante desperdigados. No obstante, mi cicerone vasconicaragüense se las sabía todas.

Después me fui a León, que me encantó. Hogar de Rubén Darío, es ciudad universitaria y quizás por eso sea fácil encontrar comedores a buen precio, buenos garitos y buena conversación. Le daban a una ganas de escribir sobre La Revolusión!

Tras por fin adquirir un bikini de a euro la pieza, decidí pasearme por las playas de Las Peñitas y Poneloya. El agua ni tocar, porque las corrientes que se gasta el Pacífico por aquí demuestran una vez más que el que le puso el nombre a este océano no lo pisó en su vida. Camino con el ojillo abierto, porque esto no es Benidorm que digamos…

Y de León a Granada (sí, sigo en Nicaragua), ciudad colonial muy mona que concentra a TODOS los turistas del país (¿dónde se meten después?), pero sin mucho encanto. Eso sí, un descubrimiento: entro en la nueva catedral del sabor y caigo rendida ante la nueva Santísima Trinidad: el Cucurucho helado de Higos y Leche Condensada. Me comí tres.

Continúo hasta la isla de Ometepe. Para los que gusten de clasificaciones, la isla más grande del mundo situada dentro de un lago. El sitio es precioso y, para variar, no hay casi nadie. De vez en cuando me veo unas tormentas impresionantes. Una de ellas me pilla en un camino y me obliga a buscar cobijo en el cobertizo de la casa más cercana. Fernando, un niño de 10 años, sale raudo a hablar conmigo. Me cuenta que su papa tiene 800 años, su mamá 900 y su papito (su abuelo) cientomil. Cu cu, niño.

Pensaba quedarme una semanita o así en la isla pero he de decir que al quinto día estaba aburrida, así que decidí tomar el ferry de vuelta a tierra firme. San Juan del Sur me parecía un buen lugar para pasar unos días en la playa antes de cruzar a Costa Rica.

Dos horas y cinco taxistas intentando convencerme de que ya no había buses más tarde llego a San Juan. En bus. Aquí cerca se encuentra una de las cinco mejores playas del mundo para hacer surf, la playa de Maderas, y esto parece Mundaka, con surferos de greñal oxigenado por doquier. Encuentro un alojamiento fabuloso y me hago la remolona. Me hablan de un sitio que suena interesante: el Ostional. Con ese nombre, tendré que ir. Dicen que está a unos 40 minutos en bus, así que puedo hacer excursión de día.

Más besos.

La historia en imágenes

martes, 9 de junio de 2009

Decimotercera parte: Guatemala II y Honduras

Viaja usted más que Cantinflas, señorita.
Camionero nicaragüense.

Hoy cumplo 10 meses en ruta.

Pequeñuelos, cómo está el centro de las Américas...

Dejo las cristalinas aguas de Semuc Champey para llegarme hasta Flores, pueblo lanzadera para visitar las ruinas mayas de Tikal, flor y nata turística del país. Tengo curiosidad por ver mis primeras ruinas mayas y no me decepcionan. Lo mejor es que están enjungladas y no te cruzas con casi nadie, excepto algún bichejo, mayormente del reino animal no pensante.

La siguiente parada es Río Dulce, a orillas del lago Izabal, un enclave que ni fu ni fa pero donde, mira tú, encuentro un garito donde ponen el partido del Athletic. Cancelo las actividades turísticas del día y me lo veo. Al tercer gol en contra apuro mi licuado multifruta sorbiendo con ruidito. El del bar dice que soy una vasca muy digna, que él en mi lugar estaría lamentándose dramáticamente.

Pimpinela está de gira.

En lancha llego a Livingston, supongo, pueblecito situado en la costa caribeña. El paisaje por el camino es impresionante y supera todas mis expectativas. Rollo Amazonas (donde nunca he estado). Hoy lamento no haberme quedado más tiempo. Livingston es, cómo lo describiría, lo que sería Jamaica si no les hubiera salido bien lo del turismo (tampoco he estado en Jamaica). Caribe del olvidado, un sitio que rezuma trapicheo por todos sus poros. Solo se puede llegar en lancha, con lo que es un puerto de lo más goloso para el tráfico de drogas hacia el norte. Y se nota.

La llegada supone también un cambio de personajismo; pelos, banderas y gorros rastas por doquier, y percusión garífuna desde la mañana. Los garífuna son un grupo étnico con idioma propio repartido por el Caribe centroamericano. Su origen se remonta a principios del siglo XVII, cuando un par de barcos que trasportaban esclavos desde Nigeria naufragaron cerca de la isla de San Vicente, repartiendo negritos y cultura africana por toda la costa.

Daniel, rastalari él, me encuentra de camino a la playa. Me invita a la fiesta que organiza esa misma noche delante de su hogar. Le digo que no pernocto, que estoy de paso, pero me huelo que voy a perderme algo grande. Caminamos hasta su choza (casi literal) donde cambia la camisa de palmeras en fondo azul por una de palmeras en fondo blanco, ambas harto discretitas. Me presenta a sus “hermanos”. Todos comentan la organización de la fiesta con esa dejadez caribeña que te da ganas de convocar oposiciones para designar al encargado del hielo. Ya sé a ciencia cierta que me perderé algo grande. Daniel me invita a un coco fresco, no sin antes preguntarme si no prefiero un “coco loco” (guiño, guiño).

Sigo mi ruta por el pueblo (un par de calles) hasta que llega la hora de regresar al muelle, donde un grupo de negrazas discute por asuntos monetarios medio en garífuna, medio en español. “No money” dice una. “Eso”, dice otra “no money no honey, la que no tenga pisto que no joda”. Me compro un pan de coco y me siento a mirar.

Más buses hasta la frontera de Honduras. No es raro que, de vez en cuando, suban charlatanes. Estos personajes, después de repartir bendiciones y citar pasajes bíblicos, intentan vender todo tipo de cosas; desde calcomanías con citas de Jesucristo hasta remedios contra las lombrices estomacales, normalmente con un éxito considerable. Esta vez sube una chica, muy mona ella, pero de la que se coloca en medio del pasillo, espeta un QUE DIOS ME LOS BENDIGA que la hace parecer poseída por Constantino Romero.

No tengo tiempo de estremecerme en el asiento cuando una señora de la última fila comienza a hacerle eco con amenes y alabanzas al señor cada vez que termina una frase. Entonces, Constantina empieza a orar “por la humanidad, y por los pasajeros del bus, y por el piloto, y por el ayudante del piloto, y por la familia del piloto, y por la familia del ayudante del piloto, y por los negocios de la familia del piloto, y por los negocios de la familia del ayudante del piloto...” (no se me ocurre cómo podría haber sincretizado estos grupos de personas).

Al principio es todo un espectáculo, pero a los 15 minutos empiezas a notar cómo el cerebelo se te filtra por la orejilla, síntoma inequívoco de aburrimiento. Me volteo para escrutar si la plática despierta interés o indiferencia en mis copasajeros. Uno al fondo llora a la par que lanza alabanzas a dios. Concluyo que la chavalita despierta interés. Lo mejor es que ni siquiera vendía nada. Puro proselitismo. Eso sí, al final solicitó esa ya tradicional pequeña contribución (supongo que para sufragar la inminente operación de cuerdas vocales como siga gritando a ese volumen). Casi no me sorprende ver a todo el mundo desembolsar veintes y cincuentas. Con la iglesia hemos topado.

El paso fronterizo a Honduras es tranquilo, cutrecillo, así como en el monte. En Honduras paro poco. Visito las ruinas mayas de Copán y hago trabajo de campo para averiguar cuál es el camino más directo a Nicaragua. El mapa me quiere llevar por El Salvador, pero unos vendedores ambulantes que se conocen la zona me convencen de que lo más rápido es tirar panamericana abajo, sin salir de Honduras. Además, me comentan, El Salvador es peligrosillo.

Por la noche conozco a Emma (ésta de verdad, Pedro), una abuela británica de unos 70 años que viaja sola, no habla ni papa de español y se mueve con una muleta y dos bolsos de considerable tamaño. Emma se va a El Salvador. La madre que la parió.

Noche técnica en San Pedro Sula donde, como diría mi amigo Javier, hay mucho rock and roll por la noche, y horas de bus hasta la Nicaragua sandinista, un país en el que la familia más adinerada se apellida Pelas y la cerveza nacional se llama Toña. Promete.


Y un beso.

La historia en imágenes.

martes, 12 de mayo de 2009

Duodécima parte: Guatemala I

Más vale tarde que nunca. Retomo desde aquí la narración de andanzas en formato blog, animada por mi amiga Amaia. El email es cosa del pasado nenas. A partir de ahora tenéis la aventura a vuestra disposición en cómodos fascículos. Se pulirá el diseño cuando se pueda. De momento es lo que hay.

I'm back.

Después de unos meses de parada técnica en Nueva Zelanda, mudo continentes y voy cerrando el redondel terráqueo. Ya me acerco, pero aún queda.

Me embarco en el clásico Auckland – Los Angeles. La entrada en el país de Obama es indolora y dulce como nunca antes. Los funcionarios son amables e incluso piropean. Sigo el procedimiento; chequeo mi mochila hasta Miami, retiro mi boleto de abordaje, pongo atención en mi equipaje, que está sujeto a inspección y, ya en Miami, me dirijo a la zona de reclamo de equipaje para remover mi mochila de la cinta. Los del Instituto Cervantes de Nueva York los tienen como planetas. Paso la noche en Miami y ya tú sabes mi amol que parece que estoy en la mismísima Habana. Los angloparlantes de esta ciudad deben sentirse como los mallorquines.

Al día siguiente vuelo hacia la Ciudad de Guatemala, un vuelo no del todo tranquilo... Entre nosotros hay un deportado que llevan “engrillado” de vuelta a Guatemala. Al pobre se le cruza el cablecillo y se echa a la carrera hacia la cabina del piloto. Yo, que iba medio sobada, pienso por el revuelo que le ha dado un yuyu a alguien y que en breve oiré el mítico “¿hay un médico a bordo?”. Miro a mi izquierda y veo que una joven gringa se ha echado al suelo y solloza desconsolada en cuclillas, dejándome a la espera de otro clásico (“no quiero morir”). Pero ni uno ni otro, el pobre chapín es rápidamente reducido por la secreta, que desde ese instante deja de serlo. Parece que American Airlines compensa la falta de sistema de entretenimiento en el avión con espectáculos en vivo.

Llego a Antigua, ciudad colonial y cuquísima que me abre Centroamérica por la puerta bonita. Busco hospedaje, dejo bártulos y salgo a inspeccionar mi nuevo continente. Camino por las calles empedradas y paso por una escuela de baile. Odio la salsa, así que decido apuntarme a clases. Mi profesor es Selvin Miranda instructor interrrrrnasional.

Estoy en clase con Miriam, una tejana de origen mexicano que está en Antigua adoptando su tercer nene y que ha decidido distraerse con salsa de todos los sobornos y quebraderos de cabeza que ciertas autoridades guatemaltecas le están dando. La primera clase es emocionante porque nos sale todo bien (claro, los primeros pasitos) y creemos que aprendemos un montón de cosas y que la salsa se nos va a dar fenomenal. Selvin instructor interrrrrnasional, se mofa de mi acento y me dice todo el rato puesss qué passsa tía. Dice que le mola.

Al salir de clase me voy a dar una vuelta por el pueblo y presencio un fusilamiento fotográfico; una pobre señora indígena que hace plácidamente la colada en la pila frente a la iglesia es acosada por un par de turistas que están prácticamente introduciéndole sendos teleobjetivos por las orejas (y digo yo, ¿para qué narices querrán el teleobjetivo?). Luego nos reímos de los japoneses...Se le quitan a una las ganas de hacer fotos oye.


Por la tarde me doy una vuelta hasta el volcán Pacaya, uno de los varios que hay en las inmediaciones. Hay que subir en grupo y con guía. El nuestro nos ve cara de aventureros y nos lleva por un senderito elevado, no sabemos muy bien a dónde. Al llegar arriba (imaginad una especie de duna, pero de terruño negruzco) dice que vamos a bajar saltando y resbalando. Ole. Hace los honores de la demostración y llega abajo. Arriba, los del grupito nos miramos. A algunos les divierte la idea, la mayoría pensamos que what-the-f***. Vamos, vamos, grita el chaval, y allá van, los más emocionados los primeros. Cuando llego abajo hay 3 contusionados y una chica enhollinada porque ha bajado rodando. El guía promete que nos acercaremos a 5 metros de la lava. Yo, con mis pumas de imitación adquiridas en el mercado ruso de Phnom Penh me quedo a 10 porque ya noto el pie calentito. Cinco tíos vuelven sin suela del zapato.

Pasadas ya 3 ó 4 clases, Selvin instructor interrrrrnasional decide que es hora de practicar en vivo y que esa noche hay que salir a mover el esqueleto salsero. Vamos pues. Llegamos al garito. La música está tan alta que deben oírla en Honduras. El garito se llena. La mezcla de peña merece un capítulo en Nacional Geographic; chapines que no levantan medio metro y rubrazas te(u)tonas que me sacan dos cabezas (Antigua es popular entre los guiris para aprender español). La naturalidad con que se mezclan es impresionante y la pista de baile se atesta de parejas imposibles. Parece una peli de Fellini. Selvin instructor interrrrrnasional me saca a bailar (al fin y al cabo, a eso vamos) y me uno al circo. La situación es peligrosa. La cara de concentración de las rubias roza la mala leche y no dudan en endiñarte un codazo o pisotón para conquistar unos centímetros de pista para ellas y sus minúsculos protegidos. Yo hago lo que puedo por ensayar mis cuatro pasos (un, dos, tres, cinco, seis, siete, un, dos, tres...), pero mi territorio se reduce por momentos y las rubias están cada vez más sofocadas y rosadas. Pero no paran. Selvin, vamos a por un mojito, anda majo.

Me relajo contemplando el espectáculo desde la barrera cuando de repente algo sucede. Cambio de tercio. Suenan otros ritmos. Propios y extraños enloquecen (aún más). Y se saben la letra. TUM-TU-TU-TUM-TUM. Selvin me agarra (que no me coge) y en menos que Celia Cruz dice ASÚCAR me planta en la pista haciéndome contonearme a lo dirty dancing. Os lo cuento porque al final todo se sabe y no quiero que os enteréis por otros que acabé bailando reguetón. La salsa se había ido para no volver y a mí me tocaba retirarme. Llego a casa y me pongo The Cure en el iPod.

Pasan los días y pienso que procede una escapada playera antes de continuar hasta el lago Atitlán. Allá que me voy en día viernes hacia Monterrico, en la asilvestrada costa del Pacífico. Tomo una furgonetilla. Por el camino paramos a recoger a Carina y a su hermana Celia, unos mangos para el señor José y unos libros para Carmensita. Pero ay de mí, viviendo ya 9 meses de sábado eterno, no me doy cuenta de que es uno de mayo y de que el guatemalteco se ha echado a la playa como madrileño a la costa valenciana. Me cuesta un buen rato encontrar alojamiento y encima me tengo que bañar en bragas porque me he dejado el bikini en Nueva Zelanda. Al menos la playa es enorme y puedo alejarme de las masas sin problemas. Más reguetón.

Hago noche de nuevo en Antigua. Por la mañana, mientras desayuno, noto que el suelo no está del todo firme bajo mis pies. Qué raro, no tengo resaquita. El señor que desayuna en la otra mesa me mira y me dice con los ojos muy abiertos “está temblando, ¿verdad?”. Sí señor, temblar tiembla. Salimos a la calle donde algunas mujeres están atacadillas. Al final el temblor no fue a más, aunque después de los que han tenido por aquí no me extraña que se pusieran de los nervios.

Mi próximo destino es San Marcos La Laguna, un pequeño poblado a orillas del lago Atitlán, donde parece que hay mucho rollito espiritual y una ENERGÍA especial. Gotta check it out. Voy en la furgo con 3 sudafricanos de edad media, hippies (y cuando digo hippies, digo camiseta de arco iris. Calité) y un mexicano que se había construido una casa en lo alto de la montaña y quería convertirla en un centro espiritual donde la gente pudiera meditar, hacer yoga (y me imagino que el amol), gratis. Los mormones le habían confiado secretos para conservar los alimentos y se estaba haciendo un bunker para salvarse cuando llegara el año 2012, fin del mundo según el calendario maya. Calité.

Lo próximo que sé es que me acabo quedando allí nosecuantos días. Los sudafricanos, que viven allí, me sacan al lago y me hablan de la meditación trascendental, de la luz blanca y de cómo Moisés, cuando bajó las tablas de la ley, en realidad estaba colocado con amanita muscaria. Me presentan a personajes con rastas, con ropajes contra los que Garzón emprendería acciones judiciales y camisetas tecnicolor. La dieta base es el porro en ayunas. Y alguna toca el ukelele. Bryan, un americano chicagotarra, es mi nexo con la cordura y me saca a tomar un vino mientras escucha pacientemente cómo ha sido mi día en Woodstock.

Por fin decido irme. ¡Al que me toque el aura le lanzo un chakra, que tengo los meridianos alineados. Atrás! No, pobres, he de decir que la cosa fue intensa pero eran unos soletes y me enseñaron muchas cosas. ¿Quién ha dicho eso?

Tomo una txalupa dirección Panajachel, lugar ya con categoría de pueblo, también a orillas del lago. Busco choza y anticipo un día tranquilo en soledad, estudiando el mapa del país y dibujando mi próximo movimiento. Wrong.

Bajo por la calle principal a paso acelerado cuando, desde un puestecillo de pulseritas y collarcitos me dicen “eh, no quieres pararte a ver unos aretes?”. Me paro a ver unos aretes porque no tengo nada mejor que hacer. Vaya panda de mexicanos. No te lo crees:

Pepe: 44 años, cuentacuentos y artista de marionetas. Después de un divorcio movidito encuentra a Gabriel, lo deja todo y decide recorrer México con él vendiendo artesanía de collarcitos, colgantes y aretes.

Gabriel: 35 años. El artesano de lo susodicho. Lleva 20 recorriendo México.

Luis el gordito: Trapichea mayormente entre Guatemala y México. Lo que sea.



Se sorprenden de que me pare a hablar con ellos. "¡Qué chido, nadie se para a hablar con nosotros!" Pues allí me tiro toda la tarde. Enseguida confían y me dejan a cargo del puesto si tienen que hacer algo, como pis. En una de estas me quedo con Pepe, que me cuenta su historia del divorcio; "ella empezó a salir mucho", decía, "yo no sabía muy bien qué hacía, y además era un no parar; uno por la mañana y otro por la noche está bien, pero esta mujer no tenía llenadera... Me hacía la vida cuadritos." Yo me partía porque era un excelente contador de historias. "Quizás hubiera podido hacer las cosas de otra forma", decía, "pero hubiera es un verbo que conjugan los pendejos". Yo no podía más de la risa. Él, animado al verme tan divertida, empezó a relatar cuentos. Nos dio la noche y les invité a unos tacos, porque el aguardiente en estómago vacío es mu malo y su presupuesto para dieta no daba para sólidos. Al día siguiente más de lo mismo. Yo les hacía de traductora con los guiris que se acercaban y así íbamos sacando hacia adelante el negocio.

Cuando nos apetecía, nos íbamos a la playuki del lago a mojar los pies y Pepe nos recitaba más cuentos, ahora ya sí del todo emocionado. Un perfecto actor y filósofo. Cuando llegó la despedida Pepe me colmó de bendiciones y Gabriel se ofreció a mantenerme y enseñarme México si no me adaptaba a la vida en Barcelona. Ahí queda la oferta.

Fue un cambio radical del ambiente de San Marcos, como bajar del halo celestial a la tierra batida. Live and learn.

De ahí sigo hasta las refrescantes aguas de Semuc Champey. A día de hoy, me sigo bañando en bragas.

Todavía queda...
Muchos besos

La historia en imágenes.

sábado, 7 de marzo de 2009

Undécima parte: Australia

Hola de nuevo:

Ya estoy en las antípodas, al revés, que no del revés, donde las estrellas son diferentes y la luna crece en otra dirección. Qué privilegio poder seguir recorriendo mundo, seguir sorprendiéndome con personas y lugares, protegida por alguna varita mágica. Hoy hay viento sur en Auckland, hace rasca. Porque aquí el sur es el mismísimo polete. Aquí lo que mola es el viento norte.



Australia, 25 de enero de 2009: La entrada en el país es rápida pero escalofriante. Me juego el tipo pasándome la bioseguridad aeroportuaria por el forro del pasaporte. Los controles de bioseguridad en Australia y Nueva Zelanda son feroces, por eso de la introducción de plagas, enfermedades y pestes. Apostaría que es más fácil colar un kilo de coca que una uva.

Las amenazas comienzan ya antes de pasar por el minucioso interrogatorio de inmigración: If we find, you’re fined!, Declare or beware!. Casi por inercia, yo lo niego todo: antecedentes penales, no, más de 10.000 dólares, ¡ja!, genocidios, nop.

Durante el viaje he ido cogiendo flores que me gustan y las he ido metiendo en mi libreta a secar. A estas alturas tengo todo un arsenal botánico, además de una raíz de ginseng comprada en Tailandia y la pluma del shuttlecock, un juego popular adquirido en Vietnam. Formulario de bioseguridad: Plantas (de reojo a la derecha, de reojo a la izquierda), no, raíces (de reojo a la derecha, de reojo a la izquierda), no, plumas (aaay, creo que es de mentirijillas... de reojo a la derecha, de reojo a la izquierda), no. Al recoger la mochila cruzo un par de tensas miradas con el chucho inspector, que olisquea mi mochila sin mucho interés antes de pasar a la siguiente. Una joyita de sabueso... No me preguntéis por qué, pero lo volví a hacer al entrar en Nueva Zelanda. A veces soy un misterio.

Y así precisamente llego al estado de Victoria.

Mis fechas coinciden con las del Open de Australia de tenis, lo que se traduce en falta de alojamiento y precios astronómicos en Melbourne. En el aeropuerto estudio algunas opciones; descarto las costas y me centro en los misteriosos pueblos del interior, concretamente en una zona que vivió en tiempos la fiebre del oro y que hoy no cuenta con muchos habitantes. Anticipo un festín de paisanaje.

Doy con mi mochila en Ballarat, donde encuentro alojamiento en un pub (sí sí, en un bareto) con habitaciones en la parte de atrás, una formula que se estila por esos lares. No se ve turismo foráneo y los precios son mucho más asequibles, así que lo primero que hago es localizar el establecimiento restaurador más chutón del lugar y darme un homenaje con vino de la región. El pueblo es genial. Es de esos en los que tienes la sensación de que todos se conocen y saben a qué hora de la noche le van a matar a una. Se me hace raro entender lo que se dice a mi alrededor y que la gente no se comunique a gritos.

De vuelta en el pub se produce la primera toma de contacto con los otros inquilinos. Es 26 de enero, Australia Day, fiesta nacional que, como toda ocasión que se precia en este país, merece una barbacoa. Y en ello estaban. Se conocen entre sí ya que, como luego averiguaría, el que menos lleva en el pub dos meses y el que más, doce. Al principio no tengo claro si viviendo o bebiendo. Adquiero unas cerves y unas salchichotas para la parrilla y me uno a la fiesta, que la noche promete. Entre el elenco destacan; Bianca, una rubia de bote redondita, madre, con debilidad por el lambrusco dolce rosso de garrafa y tendencias camorristas, dos buscadores de oro con bigotazo y sombrero de cocodrilo Dundee respectivamente y un veinteañero tasmano, rosado y víctima fácil de burlas. El retrato costumbrista que me pintan en la cena es carne de documental con fuegos artificiales de fondo.

Le debo caer bien a la rubia porque al día siguiente ella y el buscador de oro (Dave) se ofrecen a llevarme en auto hasta el sitio donde tenía pensado pasar la siguiente noche, una casita monísima en medio del bosque. Antes, no obstante, insisten en enseñarme el lago donde suelen ir a nadar, y con el calor que hace, apetece. Llegamos y en dos minutos sacan del coche una lancha hinchable, dos sillas de camping, una caña de pescar y tres cervezas. Auténticos profesionales del outdoors. El lugar es precioso. No hay mucha gente, alguna familia. Y ya sé lo que estáis pensando: Te cortan en pedacitos y nadie se entera. Lo que no os vais a creer es que, en el mismo momento en que se me pasó ese refrescante pensamiento por la cabeza, me suelta la rubia: “Marta, en realidad te hemos traído aquí para matarte”. Ja ja. Ja.

Ama, ya sabes que no me voy con cualquiera... que al menos tienen que tener coche. Que noooooooooo.

De momento el instinto me funciona bien. Encantadores, me llevan a recorrer los alrededores, a tomar un helado, a beber de las fuentes de agua mineral con las que estoy reforzando mi sistema inmunológico… Unos ángeles. Me dejan en mi casita del bosque, donde soy la única inquilina durante 4 noches. Y cuando digo única, digo que tengo toda la casa para mí. La primera noche me da un poco de canguelo. Más que el aislamiento me da escalofríos la araña peluda tamaño langosta (de mar) que se ha colado detrás de mi cama y la polilla tamaño cuervo que revolotea en torno a mi lámpara. Parece que en Australia todo bicho se magnifica. Intento hacerme a la fauna local y me voy a dormir esperando que el arácnido no sea venenoso, porque ya no sé dónde está.

La intención era pasar allí sólo una noche, pero acabé quedándome cuatro porque el calor era horroroso. Tal y como escribo en mi diario el 28 de enero: “desde ayer hace un calor horroroso, 42º a la sombra. Todo está muy seco pero hace vientecillo, así que ahora entiendo que se formen fogatadas de aupa por estos lares”. Como sabréis, solo unos días después esa zona quedó arrasada por el fuego.

Vuelvo a Melbourne el día de la final del tenis. Después de un paseillo por el cuco barrio de South Yarra donde me alojo, tomo rumbo al Rod Laver Arena, dispuesta a verme la final Nadal-Federer en la pantalla de fuera. Oteo en busca de españolitos con los que hacer panda, pero las únicas banderolas son propiedad de australianas quinceañeras histéricas a las que me acerco por error y de las que me alejo discretamente.

Decido sentarme en el primer hueco que encuentro y reparo en que, mira tú por donde, la chica de al lado es española y está viendo el partido solita también porque su amigo está dentro del estadio. Entablamos conversación y comenzamos la ingesta de vinacho, primero entre set y set, luego entre juego y juego. Ya hacia el final del partido, nos oye hablar un muchacho que nos cuenta, en un español enfangado, que es australiano de padres madrileños, que trabaja en el estadio, y que nos puede colar dentro si queremos. Sí, queremos.

Dicho y hecho. Nos levantamos, dejamos a la plebe y nos nutrimos en directo la entrega de premios. Si queréis os puedo colar en la fiesta privada. Sí, queremos. Ostras, champán... Si queréis os presento a papa y tito Nadal. Sí, queremos. Y así, en un abrir y cerrar de ojos allí estábamos, contándole a papuchi Nadal cómo habíamos volado desde España para ver la final. Qué nooo, tontote, que solo pasábamos por aquí (es que nos estaba poniendo unos ojos...).

Nos invitó después a salir con Rafa de colegueo. Nosotros continuamos la fiesta en el pisazo de Carolina y a eso de las 3 de la matine, papuchi nos envió un mensajito diciendo que Rafa estaba cansado y no le dejaba salir a jugar. Pero nosotros ya teníamos la fiesta montada...

Qué gracia, ¿no?

Espero que estéis todos bien.

Un beso muy fuerte

La historia en imágenes.

viernes, 20 de febrero de 2009

Décima parte: Tailandia II

Niños y niñas, que ya me queda poco para ponerme al día...

Salí de Birmania con una pena muy grande y fantaseando sobre mi ingreso en un monasterio para aprender birmano, labor que realizaría como tapadera de mi verdadera condición: activista antigubernamental. Sexy.

De vuelta en Tailandia no tengo del todo claro cuál será mi próximo destino, aunque me apetece norte, porque me tira más el verde que la playa. Entonces se produce otra carambola del viaje; Pido sugerencias a Ben, un americano que conocí con la familia de Marta en Nong Khai y que trabajaba en un proyecto en Mut Mee. Me comenta que ahora está a cargo de una guesthouse a unos kilómetros de allí y que podrían darme alojamiento y nutrida a cambio de currelo (este me vio delgada y pensó que le iba a salir barata). Me dice que el sitio es muy mono y que está un poco en medio de la nada. Say no more.

De mono nada. El lugar era accozzo! Un conjunto de casas de madera con un jardín increíble a orillas del río. El alcalde de ese minúsculo pueblo lo acababa de comprar para su hijo, el joven Nick, que había vuelto de estudiar en Estados Unidos. Nick tenía 19 años y se había traído puesto el espíritu emprendedor californiano.

Aparentemente, la guesthouse aparece solo en alguna guía de cicloturismo, por lo que la mayoría de los que por allí pasaban eran, curiosamente o no tanto, holandeses, que se quedaban un pelín confundidos cuando una española en Tailandia les servía la cena... en holandés. Luego se emocionaban y empezaban a pedir tapas y paella. Ya sabéis cómo son. Entonces no me quedaba más remedio que hacer olvidar sus pretensiones a base de Heinekens, Singhas, Leos o lo que tuviera a mano. Lo hacía por su bien.

El día que el joven Nick cumplió 20 añitos nos dieron fiesta y trajeron catering. Menos mal, porque aquello parecía una boda más que un cumpleaños. Invitaron a las autoridades del lugar además de a una cohorte de 10 monjes para asegurarse de que la criatura abrazaba la veintena con suficientes bendiciones. Los monjes bebieron Coca-Cola. A mí ya nada me sorprende.

Y así pasé mis últimos días en Asia, en un auténtico oasis tailandés, alejada del mundanal ruido y dedicada a la lectura y la contemplación cuando mis horas libres (que eran muchas) me lo permitían. Aaaaay la joie de vivre.

Volví a Bangkok, y de ahí a Melbourne.

Si queréis saber cómo acabé tomando copas con el padre de Nadal en el Open de Australia, no os perdáis la próxima entrega...

Hasta pronto amiguitos.

Un beso.

Fe de erratas: El río Irawadi ha pasado a llamarse Ayeyarwadi y no al revés, como indicaba en la entrega anterior.

La historia en imágenes.

domingo, 15 de febrero de 2009

Novena parte: Birmania

Atención: Birmania. Alucinante.

Nota aclaratoria antes de empezar con este país: La dictadura militar que gobierna Birmania decidió en 1989, por razones etnográficas en las que no me atrevo a entrar, cambiar el nombre del país, de algunas ciudades y del principal río. Así, Birmania pasó a ser la Unión de Myanmar, la capital Rangún a Yangún y el río Ayeyarwadi a Irawadi.

Visitar Birmania puede suponer un conflicto moral, ya que cierta parte del dinero que entra en el país (visados, transporte o algunos hoteles) va a parar inevitablemente a manos del régimen. Las brutales represiones a las protestas pacificas de los monjes en agosto de 2007, el arresto domiciliario que desde 1990 sufre la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi (legítima ganadora de las elecciones que se celebraron el mismo año) y el hecho de que el gobierno no permitiera la entrada de ayuda internacional tras el ciclón Nargis el año pasado, hace que haya detractores y defensores del turismo en ese país. Los detractores se oponen por lo susodicho, los defensores lo apoyamos porque el turismo responsable no es solo una fuente de ingresos para la población, sino una inestimable fuente de información de primera mano, tanto para los birmanos (que tienen un acceso limitado) como para nosotros.

Desgraciadamente nos hemos olvidado de Birmania en cuanto ha dejado de ser noticia.

Dicho esto, procedo.

Lo primero que sorprende, no que sorprende, que choca frontalmente con la idea que una tiene de las autoridades del país es su amabilidad. En el aeropuerto, pero ya en las oficinas de la embajada en Bangkok donde tramitamos el visado, encuentras funcionarios… sonrientes. Es solo un aperitivo de lo que te espera en el país. Jamás de los jamases he estado en un lugar en el que absolutamente todo el mundo con quien cruzas una mirada te dedica una sonrisa, y eso que los asiáticos son ya de risa fácil.

Lo segundo que sorprende es ver a las mujeres y niños con la cara cubierta de tanakha, una especie de crema amarillenta elaborada a partir de madera de sándalo, aparentemente buenísima para la piel, que utilizan entre otras cosas para protegerse del sol.

Lo tercero que sorprende es ver a los hombres... con falda. Creo acertar si afirmo que Birmania es el único país que queda en Asia (a excepción quizás de la India) en el que la mayoría de la población viste aún prendas tradicionales. Los hombres birmanos utilizan el longyi, una especie de falda que atan con un nudo a la altura del ombligo y que a mi se me antojó muy sexy.

Comenzamos nuestro recorrido en Mandalay, donde pasamos un fin de año bastante silencioso porque, a pesar de que en general Birmania ha adoptado el calendario gregoriano, el suyo es lunisolar y no coincide con el nuestro. Poco o nada nos importaba la celebración. Esa misma noche, entre los apagones de rigor que sufre el país, nos acercamos a casa de los Moustache Brothers, tres hermanos que representan a diario una especie de vaudeville con críticas al gobierno. Dos de ellos cumplieron 7 años de prisión por ello y ahora solo se les permite actuar ante extranjeros y en su casa desde donde, a pesar del riesgo, siguen lanzando sus feroces críticas. Fue un momento un tanto especial porque su padre acababa de fallecer. A pesar de que no hubo representación ese día, U Lu Zaw nos invitó a las 8 ó 10 personas que nos presentamos esa noche en su hogar a charlar en medio del velatorio. Un tanto surrealista pero muy interesante.

Y de Mandalay a Sagaing, el centro religioso más importante del país, donde se concentran cientos de monasterios budistas. Monjas y monjes por doquier. Yo iba ya con idea de pernoctar en algún monasterio para hacer meditación con los monjes (qué os decía) y mira tú por donde, acabamos en un convento...de monjas. La estancia resultó ser espectacular. Las monjitas nos alimentaron y nos miraron comer. Una pequeña guía de conversación nos ayudó a intercambiar torpes frases entre muchos aaaaaahs y oooooohs. A nosotros se nos caía la baba ante la ubicua amabilidad de estas gentes.

Después de desayunar decidimos acercarnos a un templo cercano donde se estaba celebrando una ceremonia no sabemos muy bien de qué. Enseguida nos invitaron a entrar y nos ofrecieron té y pasteles ultradulces. Nutrimos lo justo para quedar bien (que ya veníamos desayunados) y pasado un rato de cortesía empezamos a retirarnos con muchos chesubés (gracias) e inclinaciones de cabeza. No nos da tiempo a calzarnos las sandalias cuando otra mano nos arrastra hasta una sala en la que se estaba celebrando un gran banquete. Este dato os puede sorprender, pero yo ya estaba llena. Sonrisas y más sonrisas. Cómo les dices que no. Esta vez el envite era más serio: arroz, pescado, legumbres... A todo esto, son las 8 de la mañana. Steve actúa muy bien, incluso repite. Yo como hasta casi perder el conocimiento. Supongo que debéis esforzaros en imaginar mi punto de saturación sabiendo el saque que tengo. Hay que escaquearse como sea, pero un metro noventa y pico de americano no pasa desapercibido que digamos. Otra mano nos atrapa y nos conduce a la salita de la parte posterior. No hay escapatoria. Si me dan más comida finjo un desmayo. Budismo frugal, lo que yo te diga. Nos llevan ante el Venerable a cargo del monasterio que reposa lánguidamente en su silla. Siguiendo el protocolo nos arrodillamos a sus pies. Nos sirven té y un personaje arrastra malévolamente hasta nosotros una bandejita... con un pastelillo. Silencio. Chesubé, chesubé. Silencio. Miradas, miradas. Silencio. Stevo, qué, hay que hacerlo, ¿no? Pa dentro. Miradas, miradas. Silencio. Eructillo.

Tras el festín no nos quedó otra que acudir raudos adonde la monjita para cancelar el lunch. No te molestes chata, que hemos comido para tres meses.

Por supuesto al de media hora teníamos hambre.

De vuelta en Mandalay, decidimos que bajaríamos hasta nuestro siguiente destino, Bagan, en barco. Quince horas saliendo a las 5.30 de la mañana. La llegada al barco fue tremens. Cogimos un tuk tuk en plena noche hasta el “puerto”, que consistía en dos tablas de madera de la orilla al barco. Ni una luz. O llevas linterna o te estampas. La parte de abajo del barco apestaba; estaba llena de mercancía y gente hacinada por los suelos. La parte de arriba no era mucho mejor, pero al menos corría el aire. El trayecto fue largo e incómodo, pero los paisajes por el Irawadi, lo que sucedía en las paradas, el amanecer y puesta de sol, hicieron que mereciera la pena.

Bagan es un lugar sembrado de antiguos templos. Recuerda mucho a Angkor Wat en Camboya, con la gran diferencia de que no hay casi gente. Aquí ya logré encontrar yo mi monasterio budista. Fui llevada ante el Venerable, que me observó llegar con mirada recelosa, como si pudiera intuir mi apostasía pero no se la creyera del todo. Me comentó después, en un inglés sorprendentemente bueno, que no se dejaban caer por ahí muchos extranjeros (y supongo que mujeres, mucho menos). Le expuse mis intenciones: una tarde de meditación. El Venerable se rió de mí. Dijo que no, que una tarde no era nada y que solo iba a experimentar dolor. Joer Venerable, cómo se pone usted. Me dijo que lo ideal eran 7 días (hoy desde la distancia, puedo afirmar que el Venerable se equivocaba), pero que si no disponía de una semana, el mínimo recomendable era un día entero. Voy a comentarlo con Stevo y vuelvo, Venerable.

Stevo esperaba pacientemente en la humilde estancia asignada para la noche: 4 metros cuadrados con una tarima de madera a modo de cama, una mantucha y un mosquitero. Le comento la situación y le pregunto a ver si se anima. Pausadamente me mira, mira la madera, la golpea con los nudillos y me vuelve a mirar. Thanks, but no thanks. Stevo tiene el día libre y me tiro de 7.00 a 18.00 meditando. Duele.

Yangún es otra capital asiática más. Sucia, más bien fea y polvorienta.

Volvemos a Tailandia.

Sigo, emocionada, sin parar.

Me piro a la playa.

La historia en imágenes.

sábado, 14 de febrero de 2009

Octava parte: Tailandia I

Ale, la siguiente entrega, que estoy en racha.

Otro bus de 6 de la mañana de vuelta a Vientiane con la intención de pasar de seguido a Tailandia. Se me olvida tengo terminantemente prohibido tomar café o agua antes de un viaje y a las 7 ya me meo toa. En el bus hay exactamente 8 personas; 7 laosianos y yo con mi mochila. Se me ve fácil. Le digo al conductor que “pssssss”, que stop. Me indica que en breve paramos y, para variar, es verdad. Por si acaso le recuerdo mientras cargan y descargan que voy a hacer un txirri. ¡Pues no estoy volviendo cuando veo que el tío ya ha arrancado! Me toca correr detrás del bus. Menos mal que estas máquinas no pasan de 0 a 100 en 4 segundos. Lo alcanzo, me abre la puerta y me mira como diciendo “qué quieres”. ¡Siete laosianos, yo, y mi mochila dentro! Tú no ganabas al Memory en tu pueblo, eh chaval. En fin.

Hasta que le coges el truco, resulta difícil saber a ciencia cierta si un asiático te entiende o no. Primero, porque decir no o desconocer la respuesta equivale a quedar mal, por lo que siempre asienten.

Ejemplo: ¿Está cerca este pueblo? Sí. ¿O está lejos? Sí. ¿Lejos o cerca? Sí.

Por otra parte, las confirmaciones de las negaciones para ellos son afirmativas.

Ejemplo (este queda más claro en inglés):

Do you have water? Water, no heb. So you don’t have water. Yes.

Ya veis por dónde van los tiros, ¿no?

Llego a Vientiane sobre el horario previsto y aguardo al siguiente bus que me llevará ya hasta Nong Khai, en Tailandia. En la frontera me sorprenden con un reciente e incómodo cambio de ley. Ahora, entrando al país por tierra solo te dan 15 días de visado (entrando por aire, como antes por tierra, te dan 30), lo que significa que habrá que pasar el fin de año en algún país vecino, con toda probabilidad Birmania.

Supongo que estaréis familiarizados con la curiosa atracción que las mujeres asiáticas despiertan en cierto grupo de occidentales. El destino quiso que me pasara la hora de cola en la frontera entre dos de esas joyas, ambos con sendas esposas tailandesas. El de delante sueco, obeso, edad media avanzada. El de detrás polacoaustraliano. Otro adefesio.

El sueco comienza la conversación. Yo estoy en el medio leyendo mi libro.

“Eeeh, ya veo que tú también tienes la fiebre amarilla”.
“Eeeh , je, je. Sí tío”.
“Eeeh, tío, es que a mí las mujeres occidentales no me resultan nada atractivas”.
(eeeh…de eso que nos libramos. Tío.)
“Yo he vivido en Estados Unidos y lo único que tienen es la boca grande”.
“Es verdad tío”.

Yo levanto la cabeza del libro y empiezo a mirar a mi alrededor como un pollo.

El sueco me pregunta a ver si estoy viajando por Asia. Yo le contesto que ay dont espik inglis. Creo que sus mujeres tampoco.

Llego a Nong Khai, donde casi todas las guesthouses están llenas. En la última donde me recomiendan probar suerte encuentro una habitación. Es un lugar muy interesante. Además de guesthouse, Mut Mee, es también una especie de comunidad donde puedes hacer yoga, meditación, Reiki, etc. A estas alturas ya os habréis dado cuenta, o no, de que me estoy convirtiendo en ese tipo de persona de la que antaño me mofaba: espiritual (no querías sopa...). Me sorprendo a mi misma diciendo la palabra “energía” varias veces al día. Y visto prendas holgadas. Cuidadito.

Total, que allí estaba yo encantada. Actividades relajantes durante el día y musiquita por la noche en el barco bar que tienen en el Mekong. El sitio es precioso, la verdad. Y una de esas noches, otro momentazo; conocí a Marta y su familia. Aparte de en Nepal (un besote, Javitxu), no me he encontrado con ningún español por el camino. Ellos fueron los primeros. Marta y su marido estaban también de año sabático. Llevaban viajando más o menos el mismo tiempo que yo, solo que con una pequeña diferencia: ellos viajaban con sus preciosas niñas de 4 y 6 años. No sueles encontrar a muchos españoles viajando, y mucho menos de esta guisa. Conocerles me emocionó y me inspiró profundamente.

Y así llegó el día en que tuve que coger otro tren hacia Bangkok, donde me encontraría con Stevo para pasar las navidades. Bangkok es un infierno. Al menos Khao San lo es. Los que conocéis la capital sabéis de lo que hablo. Había que organizarse y poner pies en polvorosa cuanto antes. Llegar hasta la bonita playa de Thong Nai Pan en Koh Phangan no fue tarea fácil. Los trenes estaban llenos y nos tocó nutrirnos 12 horitas en bus nocturno con unos personajes salidos directamente del How to Look a Fright Handbook. Para los que no estéis familiarizados con la escena festivalera tailandesa, la isla de Koh Phangan es conocida por albergar cada mes la famosa Full Moon Party, todo un evento en su día pero un acontecimiento bastante ratero hoy. Eso sí, tiene lugar en otro punto de la isla.

Las navidades en la playa no son muy navideñas, por mucho que pongan farolillos. Además llovió, así que aprovechamos para descansar del viaje (valga la redundancia). Los días en la arena no dieron para más y el día 31 de diciembre por la mañana embarcábamos rumbo a Myanmar, antigua Birmania, el destino más ansiado, deseado y esperado de todo el viaje.

Mañana. Besos y más besos

La historia en imágenes.

jueves, 12 de febrero de 2009

Séptima parte: Laos II

Queridos:

Os saludo desde el ecuador del viaje. El día 8 de febrero cumplí ya 6 meses en ruta. Quién lo diría. Seis meses explorando, descubriendo, tocándome los huevecillos en ocasiones, pero sobre todo disfrutando. Como buena planificadora que soy, el medio año coincide matemáticamente con el recorrido hasta la mitad del globo. Estoy ya en las antípodas; Nueva Zelanda. Os debo dos meses y medio de relatos, así que me pongo a ello sin más demora.

Savannaketh, Laos, 12 de diciembre de 2008: Disfruto de grandes días en la ciudad tranquila. Durante mi estancia en Savanna doy largos paseos en bici por sus desérticas calles, leo a la sombra de un árbol junto al Mekong, veo a los niños salir del colegio con sus sempiternas miradas de curiosidad y disfruto de la gastronomía local, que alcanza puestos de honor en la clasificación culinaria del viaje (aunque admito que no me atreví con la sopa de huevos de hormiga, piel de búfalo y pescado fermentado. ¿Qué tamaño tendrán los huevos de hormiga?).

La inquietud que llevo encima desde Vietnam no parece abandonarme del todo y al cabo de tres días ya estoy en el autobús hacia la capital, Vientiane. Los laosianos son de gustos peculiares. Acusan a los vietnamitas de omnívoros despiadados (que lo son), pero ellos lanzan también sus órdagos particulares al paladar occidental. En una de las paradas encuentro a una señora que vende una especie de armiños. Piel y carne. Vivos y muertos. Vade retro. Llega la hora de la comida en el bus y comienza el festival de olores. Yo entro en la competición con estridentes mandarinas que nos nutrimos alegremente entre todos.

Llegamos a Vientiane. Vientiane es totalmente diferente a las capitales de los países vecinos. No hay aglomeraciones de tráfico ni de personas, más bien al contrario, parece un pueblo. Curiosamente, y contra toda lógica, los vientianitas son bastante más afables que los laosianos del extrarradio. La estación de bus es también anómala. No hay nadie acosándote a la llegada. Logro encontrar un tuk tuk pero no me resulta fácil explicar al conductor a qué calle quiero ir porque la mayoría de los lugareños no conocen las calles por nombres, sino por referencias, amén de que no hablan inglés. Los mapas, claro, son documentos totalmente extraños. A pesar de que el tuk tuk hace plof plof y muere en medio del callejón más oscuro de la ciudad, logro gracias a la suerte que casi siempre me acompaña encontrar una cama sin necesidad de dar muchos tumbos.

Recorro la capital durante unos días, pero pronto me empiezan a picar mis dos gusanillos; el del movimiento y el de la naturaleza. Vientiane no agobia pero yo necesito campibiris. Emprendo viaje a Vang Vieng, a unas 4 horas al norte. El tío que va sentado detrás de mí en el bus deja su metralleta en el portaequipajes. Esto no es una frase para ver si estabais prestando atención a la historia. Es real, pero hay veces que es mejor echar mano a la mochila y comerse una pieza de fruta. Sin preguntas.

Vang Vieng es un pueblecillo desafortunado (infestado de mochileros australianos) aunque en medio de un paraje incomparable. Los australianos no me estresan en demasía porque sé que mañana pillo una bici y me planto en el monte, río o lago en menos que un vietnamita dice cannot. Y eso hago en compañía de dos tailandeses que conocí en una cueva. Me quedo allí unos cuantos días. No en la cueva, sino en los alrededores de Vang Vieng. Encuentro varios lugares en los que me vuelven a entrar los cosquilleos de esa felicidad embriagante que me está aderezando el viaje. Junto al río, por ejemplo, sentadita en las piedras, al sol pero con una brisa que hace que la temperatura sea perfecta. A unos metros de mí hay una señora construyendo una especie de presa en el agua y otra lavando la cabeza a su hijo. Solo se oye el murmullo del río y os pájaros. Nada de aventura, solo paz y tranquilidad. Otra vez. Mañana cruzamos ya a Tailandia, ¿ok?

Mil besos

La historia en imágenes.

lunes, 26 de enero de 2009

Sexta parte: Laos I

Bon jour queridos:

Me llegan inquietantes noticias sobre un invierno cruel que solo logro imaginar. Espero que buenos cobijos os resguarden. A mí ya se me acaba Asia. Ay las tórridas llanuras, ay polvorientas capitales, ay el regateo, ay el no te entiendo pero asiento, ay los precios populares. En unas horas me embarco ya a Melbourne, en pleno puñetero Open de Australia. La ciudad hasta la bandera. O encuentro una granja tipo Cría de canguros for dummies o me veo debajo del puente. Pero no adelantemos acontecimientos. Han pasado muchas lunas desde mi último informe y hay que ponerse al día. Lo deje llegando a Laos, aquella luz al final del túnel del vietcong que casi se convierte en zulo gracias al limoncete de funcionario de fronteras que me toco en suerte aquella templada mañana de diciembre...

Adentro video: Frontera de Lao Bao. Monte pelado hasta donde alcanza la vista y arquitectura comunista mazacote señalando las lindes. Llego en una furgonetilla con otro par de vietnamitas y nos hacemos panda natural de cruce de muga comunicándonos por señas. Si no fuera por sus caritas de chao chin pasaríamos perfectamente por un grupo de la resistance.

Atravesamos el control del lado vietnamita. Sellito y paseo de casi 500 metros al soleil hasta las oficinas laosianas. En el camino cambio mis últimas divisas a una tipa. Paso de una moneda que se llama dong a otra que se llama kip. Traducido del inglés y holandés respectivamente paso de "pollas" a "pollos". En serio.

Comienzo los tramites para el visado. Relleno formularios, entrego fotomatón y procedo a pagar los 35 USD de rigor. El tío me sella el pasaporte PERO cuando le hago entrega de la pasta me dice que el billete de 20 USD no es de su agrado, que le de otro, como quien te pide una talla L porque la M le va pequeña. En total tengo 45 USD y algunos pollos. Le pregunto a ver si puedo abonarle la mitad en kip y la mitad en USD. OK me dice colega. Veo a la cambista babear. Da la casualidad de que, como ese día no hay tourist bus, la frontera esta desierta. Solo estamos los de la furgonetilla y yo. Me acerco a la cambista y le digo que se evite el circo que de que no le gusta el 20 y que me diga la sangrante comisión quiere. Me lo cambia por 15 USD en pollos, y a mi me manda por unos instantes a la Sierra Morena de Curro Jiménez. No estoy para gaitas, así que acepto. Añado 5 USD y se los paso al funci. NO!, me esputa. USD or Dong! Pero cabrón, si me acabas de decir que te podía hacer un fifty fifty! Me lanza una mirada que me recuerda a aquella de la autoridad vietnamita, un je ne sais quois entre modo post-tortura y pre-cogorza. Le digo que es lo que tengo, pero dice que no es su problema, que no le importa y que no me devuelve el pasaporte (porque ya me lo había sellado). Ahí ya me quise hacer yo un poco de pipi. Me veía como Tom Hanks en Terminal solo que en línea caliente con Moratinos.

Sopeso mis posibilidades: salir pitando a por pasta es la opción ganadora. En la frontera no hay cajeros. A Laos no puedo ir por razones obvias (ja!) y además el pueblo mas cercano esta a unos 20 km. Solo me queda volver a Vietnam. El pueblo más inmediato esta a 1 km y me ha parecido ver que tiene banco. El funci hace amago de abandonar la garita. Y de hecho la abandona. Me digo Marta respira, usa el encanto, la calma, sonríe DALE UNA PATADA EN LOS HUEVOS! No. Please Mr Officer, devuélvame el pasaporte que me voy por donde he venido. Me mira sospechoso pero parece que funciona. Me lo da y les digo a los pobres de la furgonetilla (que me estaban esperando) que se fueran sin mí. Salvaos vosotros! Me miran como diciendo "No, no. Bueno vale, pero buscaremos ayuda, volveremos a buscarte!". Mas bien se fueron con cara de alivio y mirando al reloj porque solo hay un bus al día y sale a 1 km de la frontera. Y yo piti piti de vuelta a Vietnam. Castigada. Retroceda hasta la casilla de salida.

El problema ahora es entrar de nuevo a Vietnam con la salida sellada. Tres horas para encontrar un poli que hablara medio ingles. Le explico la situación y me dice que bien, que puedo salir pero que el pasaporte se queda con el, en la garita. Se lo entrego mirándolo quizás por última vez, pero no tengo otra opción. De nuevo en suelo vietnamita veo a un tío con una moto, le pongo unos pollos en la mano y me siento detras y con cara de velocidad le digo ATM, fast!. Eh? (lo flipa). Bank, money, machine. Aaah, ATM! (desorbito los ojos. Tipico!). Saco mas de la cuenta, convencida de que mi entrada en Laos habrá de producirse a golpe de soborno.

Para mi sorpresa en Vietnam me hacen entrega del pasaporte con una sonrisa, así que llego donde el limoncete mas animada. Le entrego las pollas. Ni pollos ni pollas, lo único que quiere ahora son verdes, USD! "Hijo de puta" (me sale con acento argentino). La cambista es ya un dibujo animado; los ojos se le salen con muelles y la lengua le cuelga hasta los pies. Acabemos con esto de una vez. Cambio, me atraca y le doy los USD algo temblorosa...los acepta, fiu. Con mi nueva actitud budista achaco todo a un malentendido y me voy con la esperanza de que, en su próxima vida, el colega retroceda unos niveles hasta reencarnarse en una Infraorden Stylommatophora o babosa común. Pero sin malos rollos.

Para mi sorpresa el bus estaba aun allí. Los vietnamitas hacen aspavientos al verme llegar porque supongo que no daban un duro. Y donde esta la ayuda prometida, eh? (que no Marta, que eso te lo habías inventado). Ah. Son las 12.00 del mediodía. Las 6 horas que me quedan hasta Savanaketh me parecen un paseo. El bus se cae a cachos, los asientos, confort en madera y oxido, se me antojan Chesterfields de cuero y me relajo entre cajas, polvo y miradas curiosas. Pero yo soy de queja fácil, y al de 4 horas comienzo a retorcerme, no tanto por el asiento sino, efectivamente, por el hambre. Me doy cuenta de que lo único que he ingerido desde las 6 de la mañana que llevo en danza es un cafecillo. Parece que hay alguien al loro de mis pensamientos porque al minuto paramos y el bus se llena de vendedoras de comida. Y tienen pinchos morunos! Fabuloso, si no puedo reconocer que tipo de carne es me lo nutro! Pero, oh destino cruel, vaya si lo reconozco. Son ranitas. Pinchadas en un palo, en grupos de a tres, vuelta y vuelta. Dos turnos sin jugar.

El paisaje, a todo esto, es precioso. Un alivio pasar a las despobladas y bucólicas llanuras laosianas. Y el camino me regala el enésimo impresionante atardecer. Lo bueno es que no me acostumbro. Ya de noche llego a Savannaketh, busco alojamiento y, por fin, nutro. La quietud y la ausencia de turistas me relaja y me hace olvidar el agobio vietnamita. Laos tranquilo, bueno. O al menos esa parte de Laos, que en todos sitios cuecen habas amiguitos...

Fundido en negro y...corten!

Y me voy ya, que todavía pierdo el avión.
Bye bye Asia. Thank you so so very much.

Y para vosotros, mis besos y pensamientos.

La historia en imágenes.

martes, 16 de diciembre de 2008

Quinta parte: Vietnam

Hola corazones (pffff, hay cosas que no se echan de menos), toca nuevo fascículo.

Os había dejado en Camboya, encantada con mi alumnado y escandalizada con el clero budista. El último día de clase, después del examen oral (je je) les dije que haríamos una pequeña fiesta de despedida con patatonas (cómo no) y otras cosillas para picar. El venerable por cierto se puso las botas. Yo creo que en un momento dado salió a vomitar del empacho que tenía. Qué poca mesura. Me recordaba a mí. En fin, voy a evitar los símiles con el clero católico, pero veis por dónde van los tiros, ¿no?. Una de las clases había sido sobre recetas y les había puesto de ejemplo la de la tortilla de patatas. ¡Os podéis creer que una de las niñas se curró una! Estaba hecha un churro, prácticamente como me salen a mí, pero yo me quería comer a la niña con la tortilla. Tres cuartos de lo mismo me pasó en los orfanatos, sobre todo en el segundo, con niños enfermitos (seropositivos y tuberculosis). Ay, es difícil escribir sobre esto sin sensiblería, así que, os emplazo a repasar los Hola! de los últimos años, sección entrevistas a la Farrow o a la Jolie.

Al día siguiente cambio de país. Cojo el bus a Saigón, Vietnam, ciudad de encuentros esperados, esperados y cuasifrustrados e inesperados;

Esperados: Michael & Michael. Procedentes de Hanoi. Barcelona, Berlín o Socuéllamos, los encuentros miquelianos están irremediablemente regados por cócteles. Saigón no fue una excepción. Las copas fueron cayendo desde media tarde y hasta la hora de la cena, cuando empezamos a preguntarnos si mi amigo Luke (procedente primero de Viena, luego de Zagreb y por último de Doha) llegaría a tiempo para vernos en un estado medianamente decente (aunque con esa ruta a las espaldas, a saber quién iba a estar peor).

Esperados y cuasifrustrados: Luke deja un mensaje en el hotel: Arrived. Other hotel. Call me. Le llamo y me comenta que le han detenido a la llegada por no tener visado. Oops, yo le dije que lo podía hacer on arrival (en algún lado lo había leído, lo juro, lo juro). Es viernes por la noche y no se lo podrán tramitar hasta el lunes, así que le "arrestan" en un hotel de lujo donde sólo le dejan salir alrededor de la manzana. La historia nos proporciona a Michael y a mí momentos hilarantes pensando en formas de liberarlo; desde la lima dentro del pastel hasta la cuerda de sábanas, pasando por los diferentes modelitos con los que podría ataviarme para una visita penitenciaria. Y la excusa perfecta para pedir otra ronda.

Inesperados: Los austriacos. Oigo que gritan mi nombre por las calles de Saigón, todo un momentazo mundopañuelense. Y ahí estaban; los mismos con los que hace ya 4 meses compartíamos vodka AK-47 por las estepas rusas.

Mientras tanto, Michael y yo decidimos que necesitábamos urgentemente una pedicura. Nos aproximamos a una peluquería-salón de masaje con una troupe de 20 esteticistas ociosas que se pusieron inmediatamente a nuestro servicio, haciéndonos sospechar del tipo de "masaje" que se ofrecía en aquel lugar. Entramos, al fin y al cabo, poco negocio iban a hacer con una chica y un gay. La pedicura duró 30 segundos, sólo nos hicieron la mitad del pie. La única moza que sabía cómo hacer una completa estaba ocupada. Las otras 19 no sabían. Pues ya puestos, habrá que hacerse otra cosa. Vemos que el chico de al lado tiene la nariz vendada a lo rinoplastia. Queremos lo que sea que se esté haciendo él. Emocionadas, empezaron a sacar potingues y a revolotear a nuestro alrededor. Teníamos al menos 5 chicas para cada uno; una nos ponía un mejunje (altamente tóxico) en la tocha, la otra nos abanicaba (tenían que secarlo), la otra nos rellenaba la bebida, la otra nos hacía fotos y la última lo supervisaba todo. Al final: una medio pedicura y eliminación de espinillas por método abrasivo: 3 euros. Lo bien que nos lo pasamos...no tiene precio.

El fin de semana pasó. A Luke le dieron la condicional, pero aun así no logramos abandonar la ciudad. Nos quedaban por delante más días de visados y embajadas, la India en este caso, próximo destino vueling del susodicho. Era como el día de la marmota. Siempre amanecíamos en Saigón. Pasa de trámites, le decía yo, y haz de estas unas vacaciones temáticas. El 3 P.L. (tercer día post-liberación) logramos por fin ponernos en marcha, remontamos el río hasta que encontramos un resort al parecer frecuentado por la burguesía del país en el que no había nadie. Es allí donde se produjo nuestro encuentro con la jefatura de la policía vietnamita.

Luke se había ido en busca de una conexión a internet para comprar su billete a la India. Yo y mi glamur decidimos quedarnos en la piscina con albornoz y gafas de sol, proporcionando al personal del resort momentos gratuitos de jocosidad. Soy así. Eran cosa de las 14.30. Sobre las 15.30 dije chicos baxta, show is over y me retiré a mis aposentos. Salgo a dar una vuelta, me ataca un perro sarnoso y sólo puedo recordar unas de las últimas palabras de Luke "la rabia no tiene cura, no sé por qué no te has vacunado". Vuelvo al resort.

Veo que están preparando una mesa para bastantes comensales. Ah, digo yo, gente. Cuando quiero darme cuenta estoy rodeada de 15 jefes de policía y una empresaria, todos ya medio borrachos. Me invitan a cenar con ellos sin darme mucha opción a decir que no y lo siguiente que sé, es que voy por la tercera copa de Johnnie Walker etiqueta negra a pelo. Hacen jueguecitos de beberse la copa de un trago como si tuvieran 15 años. La empresaria priva sin pestañear. Mis sorbitos de piolín no cuelan ni medio minuto, y hasta que la copa no está seca no puedo ni pinchar un trozo de pollo. Intento comer para compensar pero el ritmo es de 4 a 1. Gana Johnnie. Pierdo la cuenta de las copas. Y odio el whisky. Casi a las 18.00 aparece Luke que no da crédito. Me había dejado leyendo plácidamente junto a la piscina y me encuentra dándome un baño, de etanol esta vez. Cuando asimila lo que está pasando me comenta por lo bajines que "probablemente hace nada estaban torturando a alguien". Me lo creo y apuro el trago.

Comienzan a ensañarse con Luke, algo que me alivia porque consigo que desvíen la atención hacia él. El tío listo les dice que prefiere cerveza y los maderos no dudan en satisfacer su petición (cerveza, claro, como no se me había ocurrido antes). Pero fue una ilusión momentánea. Lo que hacen es mezclar la cerveza con el whisky. Y pa dentro. Yo ya no puedo más. Hay policías agarrados al más puro estilo mariachi. A otros, ya se les ha caído la cabeza sobre la mesa. Otros cantan. Están del revés. La fiesta se acaba casi de repente. Cogen sus coches con chóferes y se piran. Alguno nos invita a seguir la fiesta en su casa. Sólo dios sabe lo que hubiera podido ser aquello. Thanks but no thanks.

Al día siguiente, Luke continúa hacia la India y yo me embarco en el tren nocturno hasta Da Nang, destino Hoi An. Volar hasta allí, cuesta casi lo mismo, por eso casi nadie coge el tren, algo que me llena de satisfacción, porque no hay ni un occidental. Comparto camarote con una abuela y con otros dos vietnamitas borrachuzos que aparecerían más tarde, cuando la abuela y yo ya habíamos apagado las luces para dormir. Gran escándalo a su llegada. Para mi sorpresa, la abuela les pega cuatro gritos y los colegas se tumban sin rechistar. Dejan la puerta abierta y yo me incorporo para cerrarla porque entra mucha luz, pero la abuela me espeta algo que me da a entender que no debo hacerlo, así que cojo mis Hollywood Eyes, que diría mi amiga Kerrie (es decir, el antifaz, gran amigo en estos trayectos) y a sobarla.

Me despierto como a las 7. El tren está parado y estoy sola en el compartimento, ni la abuela, ni tipos, ni equipajes. Deben haberse apeado. Fuera llueve y hace frisqui. Me estoy desperezando cuando dos mujeronas vietnamitas me ven y empiezan a hablarme. A gritos, para variar. Se ríen y hacen gestos como queriendo decir que he dormido mucho. Claro, son ya las 7, perezosota... no te jode. Creo entender que una se ofrece a comprarme un café en el andén. Yes, thankyouverymuch. Entre tanto la otra se me sienta enfrente y empieza a comparar los grosores de nuestras piernas. Me agarra la pantorrila como si fuera un jamón y luego la suya, como diciendo, mira que buenorra estoy y tú que esmirriada. Me coge fuera de juego cuando me agarra la teta y me hace el mítico "moic moic" para proceder después de igual forma con la suya. Señora, qué son las 7 de la mañana... Se parte de risa y yo también, qué voy a hacer, ¿no? La otra llega con el café. Se lo pago, se lo agradezco y se van. Qué majas.

El resto del viaje hasta Da Nang solita en el compartimento. Como una reina. Viajar en tren es sublime.

Los días posteriores en Hoi An y Hue casi que me los ahorro. Vietnam se ha convertido en territorio backpacker de lo más cutre y salchichero. Quizás por eso, la gente también es más antipática. Y Lonely Planets por doquier. Yo tenía pensado coger otro tren hasta Hanoi, pero en Hue ya no pude más. Localice la frontera más cercana y allí que me fui, no sin antes dejar mi guía Lonely Planet Vietnam (que no me haba servido absolutamente para nada) en el baño del hotel, simbólicamente encima del inodoro. Cojo una furgonetilla hasta la descampada frontera con Laos, donde esta vez los problemas con el visado los iba a tener yo. Pero eso en la próxima entrega. Eso, eso, otro día.

Un beso muy fuerte a todos

La historia en imágenes.