Os saludo desde el ecuador del viaje. El día 8 de febrero cumplí ya 6 meses en ruta. Quién lo diría. Seis meses explorando, descubriendo, tocándome los huevecillos en ocasiones, pero sobre todo disfrutando. Como buena planificadora que soy, el medio año coincide matemáticamente con el recorrido hasta la mitad del globo. Estoy ya en las antípodas; Nueva Zelanda. Os debo dos meses y medio de relatos, así que me pongo a ello sin más demora.
Savannaketh, Laos, 12 de diciembre de 2008: Disfruto de grandes días en la ciudad tranquila. Durante mi estancia en Savanna doy largos paseos en bici por sus desérticas calles, leo a la sombra de un árbol junto al Mekong, veo a los niños salir del colegio con sus sempiternas miradas de curiosidad y disfruto de la gastronomía local, que alcanza puestos de honor en la clasificación culinaria del viaje (aunque admito que no me atreví con la sopa de huevos de hormiga, piel de búfalo y pescado fermentado. ¿Qué tamaño tendrán los huevos de hormiga?). La inquietud que llevo encima desde Vietnam no parece abandonarme del todo y al cabo de tres días ya estoy en el autobús hacia la capital, Vientiane. Los laosianos son de gustos peculiares. Acusan a los vietnamitas de omnívoros despiadados (que lo son), pero ellos lanzan también sus órdagos particulares al paladar occidental. En una de las paradas encuentro a una señora que vende una especie de armiños. Piel y carne. Vivos y muertos. Vade retro. Llega la hora de la comida en el bus y comienza el festival de olores. Yo entro en la competición con estridentes mandarinas que nos nutrimos alegremente entre todos.
Llegamos a Vientiane. Vientiane es totalmente diferente a las capitales de los países vecinos. No hay aglomeraciones de tráfico ni de personas, más bien al contrario, parece un pueblo. Curiosamente, y contra toda lógica, los vientianitas son bastante más afables que los laosianos del extrarradio. La estación de bus es también anómala. No hay nadie acosándote a la llegada. Logro encontrar un tuk tuk pero no me resulta fácil explicar al conductor a qué calle quiero ir porque la mayoría de los lugareños no conocen las calles por nombres, sino por referencias, amén de que no hablan inglés. Los mapas, claro, son documentos totalmente extraños. A pesar de que el tuk tuk hace plof plof y muere en medio del callejón más oscuro de la ciudad, logro gracias a la suerte que casi siempre me acompaña encontrar una cama sin necesidad de dar muchos tumbos. Recorro la capital durante unos días, pero pronto me empiezan a picar mis dos gusanillos; el del movimiento y el de la naturaleza. Vientiane no agobia pero yo necesito campibiris. Emprendo viaje a Vang Vieng, a unas 4 horas al norte. El tío que va sentado detrás de mí en el bus deja su metralleta en el portaequipajes. Esto no es una frase para ver si estabais prestando atención a la historia. Es real, pero hay veces que es mejor echar mano a la mochila y comerse una pieza de fruta. Sin preguntas.
Vang Vieng es un pueblecillo desafortunado (infestado de mochileros australianos) aunque en medio de un paraje incomparable. Los australianos no me estresan en demasía porque sé que mañana pillo una bici y me planto en el monte, río o lago en menos que un vietnamita dice cannot. Y eso hago en compañía de dos tailandeses que conocí en una cueva. Me quedo allí unos cuantos días. No en la cueva, sino en los alrededores de Vang Vieng. Encuentro varios lugares en los que me vuelven a entrar los cosquilleos de esa felicidad embriagante que me está aderezando el viaje. Junto al río, por ejemplo, sentadita en las piedras, al sol pero con una brisa que hace que la temperatura sea perfecta. A unos metros de mí hay una señora construyendo una especie de presa en el agua y otra lavando la cabeza a su hijo. Solo se oye el murmullo del río y os pájaros. Nada de aventura, solo paz y tranquilidad. Otra vez. Mañana cruzamos ya a Tailandia, ¿ok? Mil besos
La historia en imágenes.

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