sábado, 14 de febrero de 2009

Octava parte: Tailandia I

Ale, la siguiente entrega, que estoy en racha.

Otro bus de 6 de la mañana de vuelta a Vientiane con la intención de pasar de seguido a Tailandia. Se me olvida tengo terminantemente prohibido tomar café o agua antes de un viaje y a las 7 ya me meo toa. En el bus hay exactamente 8 personas; 7 laosianos y yo con mi mochila. Se me ve fácil. Le digo al conductor que “pssssss”, que stop. Me indica que en breve paramos y, para variar, es verdad. Por si acaso le recuerdo mientras cargan y descargan que voy a hacer un txirri. ¡Pues no estoy volviendo cuando veo que el tío ya ha arrancado! Me toca correr detrás del bus. Menos mal que estas máquinas no pasan de 0 a 100 en 4 segundos. Lo alcanzo, me abre la puerta y me mira como diciendo “qué quieres”. ¡Siete laosianos, yo, y mi mochila dentro! Tú no ganabas al Memory en tu pueblo, eh chaval. En fin.

Hasta que le coges el truco, resulta difícil saber a ciencia cierta si un asiático te entiende o no. Primero, porque decir no o desconocer la respuesta equivale a quedar mal, por lo que siempre asienten.

Ejemplo: ¿Está cerca este pueblo? Sí. ¿O está lejos? Sí. ¿Lejos o cerca? Sí.

Por otra parte, las confirmaciones de las negaciones para ellos son afirmativas.

Ejemplo (este queda más claro en inglés):

Do you have water? Water, no heb. So you don’t have water. Yes.

Ya veis por dónde van los tiros, ¿no?

Llego a Vientiane sobre el horario previsto y aguardo al siguiente bus que me llevará ya hasta Nong Khai, en Tailandia. En la frontera me sorprenden con un reciente e incómodo cambio de ley. Ahora, entrando al país por tierra solo te dan 15 días de visado (entrando por aire, como antes por tierra, te dan 30), lo que significa que habrá que pasar el fin de año en algún país vecino, con toda probabilidad Birmania.

Supongo que estaréis familiarizados con la curiosa atracción que las mujeres asiáticas despiertan en cierto grupo de occidentales. El destino quiso que me pasara la hora de cola en la frontera entre dos de esas joyas, ambos con sendas esposas tailandesas. El de delante sueco, obeso, edad media avanzada. El de detrás polacoaustraliano. Otro adefesio.

El sueco comienza la conversación. Yo estoy en el medio leyendo mi libro.

“Eeeh, ya veo que tú también tienes la fiebre amarilla”.
“Eeeh , je, je. Sí tío”.
“Eeeh, tío, es que a mí las mujeres occidentales no me resultan nada atractivas”.
(eeeh…de eso que nos libramos. Tío.)
“Yo he vivido en Estados Unidos y lo único que tienen es la boca grande”.
“Es verdad tío”.

Yo levanto la cabeza del libro y empiezo a mirar a mi alrededor como un pollo.

El sueco me pregunta a ver si estoy viajando por Asia. Yo le contesto que ay dont espik inglis. Creo que sus mujeres tampoco.

Llego a Nong Khai, donde casi todas las guesthouses están llenas. En la última donde me recomiendan probar suerte encuentro una habitación. Es un lugar muy interesante. Además de guesthouse, Mut Mee, es también una especie de comunidad donde puedes hacer yoga, meditación, Reiki, etc. A estas alturas ya os habréis dado cuenta, o no, de que me estoy convirtiendo en ese tipo de persona de la que antaño me mofaba: espiritual (no querías sopa...). Me sorprendo a mi misma diciendo la palabra “energía” varias veces al día. Y visto prendas holgadas. Cuidadito.

Total, que allí estaba yo encantada. Actividades relajantes durante el día y musiquita por la noche en el barco bar que tienen en el Mekong. El sitio es precioso, la verdad. Y una de esas noches, otro momentazo; conocí a Marta y su familia. Aparte de en Nepal (un besote, Javitxu), no me he encontrado con ningún español por el camino. Ellos fueron los primeros. Marta y su marido estaban también de año sabático. Llevaban viajando más o menos el mismo tiempo que yo, solo que con una pequeña diferencia: ellos viajaban con sus preciosas niñas de 4 y 6 años. No sueles encontrar a muchos españoles viajando, y mucho menos de esta guisa. Conocerles me emocionó y me inspiró profundamente.

Y así llegó el día en que tuve que coger otro tren hacia Bangkok, donde me encontraría con Stevo para pasar las navidades. Bangkok es un infierno. Al menos Khao San lo es. Los que conocéis la capital sabéis de lo que hablo. Había que organizarse y poner pies en polvorosa cuanto antes. Llegar hasta la bonita playa de Thong Nai Pan en Koh Phangan no fue tarea fácil. Los trenes estaban llenos y nos tocó nutrirnos 12 horitas en bus nocturno con unos personajes salidos directamente del How to Look a Fright Handbook. Para los que no estéis familiarizados con la escena festivalera tailandesa, la isla de Koh Phangan es conocida por albergar cada mes la famosa Full Moon Party, todo un evento en su día pero un acontecimiento bastante ratero hoy. Eso sí, tiene lugar en otro punto de la isla.

Las navidades en la playa no son muy navideñas, por mucho que pongan farolillos. Además llovió, así que aprovechamos para descansar del viaje (valga la redundancia). Los días en la arena no dieron para más y el día 31 de diciembre por la mañana embarcábamos rumbo a Myanmar, antigua Birmania, el destino más ansiado, deseado y esperado de todo el viaje.

Mañana. Besos y más besos

La historia en imágenes.

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