Nota aclaratoria antes de empezar con este país: La dictadura militar que gobierna Birmania decidió en 1989, por razones etnográficas en las que no me atrevo a entrar, cambiar el nombre del país, de algunas ciudades y del principal río. Así, Birmania pasó a ser la Unión de Myanmar, la capital Rangún a Yangún y el río Ayeyarwadi a Irawadi.
Visitar Birmania puede suponer un conflicto moral, ya que cierta parte del dinero que entra en el país (visados, transporte o algunos hoteles) va a parar inevitablemente a manos del régimen. Las brutales represiones a las protestas pacificas de los monjes en agosto de 2007, el arresto domiciliario que desde 1990 sufre la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi (legítima ganadora de las elecciones que se celebraron el mismo año) y el hecho de que el gobierno no permitiera la entrada de ayuda internacional tras el ciclón Nargis el año pasado, hace que haya detractores y defensores del turismo en ese país. Los detractores se oponen por lo susodicho, los defensores lo apoyamos porque el turismo responsable no es solo una fuente de ingresos para la población, sino una inestimable fuente de información de primera mano, tanto para los birmanos (que tienen un acceso limitado) como para nosotros. Desgraciadamente nos hemos olvidado de Birmania en cuanto ha dejado de ser noticia.
Dicho esto, procedo.
Lo primero que sorprende, no que sorprende, que choca frontalmente con la idea que una tiene de las autoridades del país es su amabilidad. En el aeropuerto, pero ya en las oficinas de la embajada en Bangkok donde tramitamos el visado, encuentras funcionarios… sonrientes. Es solo un aperitivo de lo que te espera en el país. Jamás de los jamases he estado en un lugar en el que absolutamente todo el mundo con quien cruzas una mirada te dedica una sonrisa, y eso que los asiáticos son ya de risa fácil.
Lo segundo que sorprende es ver a las mujeres y niños con la cara cubierta de tanakha, una especie de crema amarillenta elaborada a partir de madera de sándalo, aparentemente buenísima para la piel, que utilizan entre otras cosas para protegerse del sol. Lo tercero que sorprende es ver a los hombres... con falda. Creo acertar si afirmo que Birmania es el único país que queda en Asia (a excepción quizás de la India) en el que la mayoría de la población viste aún prendas tradicionales. Los hombres birmanos utilizan el longyi, una especie de falda que atan con un nudo a la altura del ombligo y que a mi se me antojó muy sexy.
Comenzamos nuestro recorrido en Mandalay, donde pasamos un fin de año bastante silencioso porque, a pesar de que en general Birmania ha adoptado el calendario gregoriano, el suyo es lunisolar y no coincide con el nuestro. Poco o nada nos importaba la celebración. Esa misma noche, entre los apagones de rigor que sufre el país, nos acercamos a casa de los Moustache Brothers, tres hermanos que representan a diario una especie de vaudeville con críticas al gobierno. Dos de ellos cumplieron 7 años de prisión por ello y ahora solo se les permite actuar ante extranjeros y en su casa desde donde, a pesar del riesgo, siguen lanzando sus feroces críticas. Fue un momento un tanto especial porque su padre acababa de fallecer. A pesar de que no hubo representación ese día, U Lu Zaw nos invitó a las 8 ó 10 personas que nos presentamos esa noche en su hogar a charlar en medio del velatorio. Un tanto surrealista pero muy interesante.
Y de Mandalay a Sagaing, el centro religioso más importante del país, donde se concentran cientos de monasterios budistas. Monjas y monjes por doquier. Yo iba ya con idea de pernoctar en algún monasterio para hacer meditación con los monjes (qué os decía) y mira tú por donde, acabamos en un convento...de monjas. La estancia resultó ser espectacular. Las monjitas nos alimentaron y nos miraron comer. Una pequeña guía de conversación nos ayudó a intercambiar torpes frases entre muchos aaaaaahs y oooooohs. A nosotros se nos caía la baba ante la ubicua amabilidad de estas gentes. Después de desayunar decidimos acercarnos a un templo cercano donde se estaba celebrando una ceremonia no sabemos muy bien de qué. Enseguida nos invitaron a entrar y nos ofrecieron té y pasteles ultradulces. Nutrimos lo justo para quedar bien (que ya veníamos desayunados) y pasado un rato de cortesía empezamos a retirarnos con muchos chesubés (gracias) e inclinaciones de cabeza. No nos da tiempo a calzarnos las sandalias cuando otra mano nos arrastra hasta una sala en la que se estaba celebrando un gran banquete. Este dato os puede sorprender, pero yo ya estaba llena. Sonrisas y más sonrisas. Cómo les dices que no. Esta vez el envite era más serio: arroz, pescado, legumbres... A todo esto, son las 8 de la mañana. Steve actúa muy bien, incluso repite. Yo como hasta casi perder el conocimiento. Supongo que debéis esforzaros en imaginar mi punto de saturación sabiendo el saque que tengo.
Hay que escaquearse como sea, pero un metro noventa y pico de americano no pasa desapercibido que digamos. Otra mano nos atrapa y nos conduce a la salita de la parte posterior. No hay escapatoria. Si me dan más comida finjo un desmayo. Budismo frugal, lo que yo te diga. Nos llevan ante el Venerable a cargo del monasterio que reposa lánguidamente en su silla. Siguiendo el protocolo nos arrodillamos a sus pies. Nos sirven té y un personaje arrastra malévolamente hasta nosotros una bandejita... con un pastelillo. Silencio. Chesubé, chesubé. Silencio. Miradas, miradas. Silencio. Stevo, qué, hay que hacerlo, ¿no? Pa dentro. Miradas, miradas. Silencio. Eructillo. Tras el festín no nos quedó otra que acudir raudos adonde la monjita para cancelar el lunch. No te molestes chata, que hemos comido para tres meses.
Por supuesto al de media hora teníamos hambre.
De vuelta en Mandalay, decidimos que bajaríamos hasta nuestro siguiente destino, Bagan, en barco. Quince horas saliendo a las 5.30 de la mañana. La llegada al barco fue tremens. Cogimos un tuk tuk en plena noche hasta el “puerto”, que consistía en dos tablas de madera de la orilla al barco. Ni una luz. O llevas linterna o te estampas. La parte de abajo del barco apestaba; estaba llena de mercancía y gente hacinada por los suelos. La parte de arriba no era mucho mejor, pero al menos corría el aire. El trayecto fue largo e incómodo, pero los paisajes por el Irawadi, lo que sucedía en las paradas, el amanecer y puesta de sol, hicieron que mereciera la pena.
Bagan es un lugar sembrado de antiguos templos. Recuerda mucho a Angkor Wat en Camboya, con la gran diferencia de que no hay casi gente. Aquí ya logré encontrar yo mi monasterio budista. Fui llevada ante el Venerable, que me observó llegar con mirada recelosa, como si pudiera intuir mi apostasía pero no se la creyera del todo. Me comentó después, en un inglés sorprendentemente bueno, que no se dejaban caer por ahí muchos extranjeros (y supongo que mujeres, mucho menos). Le expuse mis intenciones: una tarde de meditación. El Venerable se rió de mí. Dijo que no, que una tarde no era nada y que solo iba a experimentar dolor. Joer Venerable, cómo se pone usted. Me dijo que lo ideal eran 7 días (hoy desde la distancia, puedo afirmar que el Venerable se equivocaba), pero que si no disponía de una semana, el mínimo recomendable era un día entero. Voy a comentarlo con Stevo y vuelvo, Venerable.
Stevo esperaba pacientemente en la humilde estancia asignada para la noche: 4 metros cuadrados con una tarima de madera a modo de cama, una mantucha y un mosquitero. Le comento la situación y le pregunto a ver si se anima. Pausadamente me mira, mira la madera, la golpea con los nudillos y me vuelve a mirar. Thanks, but no thanks. Stevo tiene el día libre y me tiro de 7.00 a 18.00 meditando. Duele.Yangún es otra capital asiática más. Sucia, más bien fea y polvorienta.
Volvemos a Tailandia.
Sigo, emocionada, sin parar.
Me piro a la playa.
La historia en imágenes.

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