miércoles, 24 de junio de 2009

Decimocuarta parte: Nicaragua I

Hoy doble capítulo.

El trayecto desde la capital hondureña, Tegucigalpa (sí, Tegucigalpa existe) hasta la frontera nicaragüense implica varios buses y pocas esperanzas de cruce con luz del día. El último bus me lleva hasta El Paraíso, un pueblo que poco honor hace a su nombre. En el descampado donde me apeo, dos guardas de seguridad con sendos pistolones, no más de 20 años, engominados y con cara de llamarse Walter Yónatan, buscan gente para fletar un taxi hasta la frontera. Un señor con pocos dientes se nos une y allá que nos vamos. A ver para dónde apuntan esos rifles muchachos, que la carretera tiene mucho bache. El paso fronterizo es fácil, aunque soy la única mujer entre un nutrido grupo de hombres, principalmente camioneros. Cae la noche.

Suerte. Aún hay bus hasta Ocotal. Detrás de mí se sienta el señor con pocos dientes con quien he compartido taxi. Comenzamos a hablar. Yo estoy encantada de platicar pero le digo que voy a mirar hacia delante porque igual me mareo, que no se ofenda. “Ah sí”, me dice, “eso es un desequilibrio mental”. Lo dice tan convencido que me deja pensando. Pero le da igual. Me sigue hablando y me cuenta cómo él en los 80 era jefecillo sandinista (ah, vuelvo a girarme con interés) y cómo su vida había cambiado desde que encontró a Jesucristo. Acabáramos. Porque antes, como era marxista-leninista, pues no creía.

Noche en Ocotal y otras cuatro horitas de bus hasta Managua, donde voy a visitar a Javier, hijo de unos amigos de mis padres que lleva viviendo allí cinco años y a quien no he visto desde que tenía seis. Algunos ya sabréis que allí lo de la enumeración napoleónica de las calles no se lleva, es decir, lo de Rue del Percebe núm. 13 no existe y las direcciones son tipo; de la iglesia Fátima, 4 andenes al sur, de la farmacia Baltodano, 4 casas arriba (el día que cierre el de la farmacia la lía). Así que allí andaba yo haciendo cábalas con el taxista para encontrar la casa de mi amigo cuando diviso un auto con el escudo del Athletic y una ikurriña izada en la puerta. Va a ser aquí.

A Managua, como a toda capital de por aquí, hay que saber encontrarle los sitios. Es una ciudad incómoda sin auto porque no se volvió a reconstruir tras el terremoto del 72, carece de “centro” y los barrios están bastante desperdigados. No obstante, mi cicerone vasconicaragüense se las sabía todas.

Después me fui a León, que me encantó. Hogar de Rubén Darío, es ciudad universitaria y quizás por eso sea fácil encontrar comedores a buen precio, buenos garitos y buena conversación. Le daban a una ganas de escribir sobre La Revolusión!

Tras por fin adquirir un bikini de a euro la pieza, decidí pasearme por las playas de Las Peñitas y Poneloya. El agua ni tocar, porque las corrientes que se gasta el Pacífico por aquí demuestran una vez más que el que le puso el nombre a este océano no lo pisó en su vida. Camino con el ojillo abierto, porque esto no es Benidorm que digamos…

Y de León a Granada (sí, sigo en Nicaragua), ciudad colonial muy mona que concentra a TODOS los turistas del país (¿dónde se meten después?), pero sin mucho encanto. Eso sí, un descubrimiento: entro en la nueva catedral del sabor y caigo rendida ante la nueva Santísima Trinidad: el Cucurucho helado de Higos y Leche Condensada. Me comí tres.

Continúo hasta la isla de Ometepe. Para los que gusten de clasificaciones, la isla más grande del mundo situada dentro de un lago. El sitio es precioso y, para variar, no hay casi nadie. De vez en cuando me veo unas tormentas impresionantes. Una de ellas me pilla en un camino y me obliga a buscar cobijo en el cobertizo de la casa más cercana. Fernando, un niño de 10 años, sale raudo a hablar conmigo. Me cuenta que su papa tiene 800 años, su mamá 900 y su papito (su abuelo) cientomil. Cu cu, niño.

Pensaba quedarme una semanita o así en la isla pero he de decir que al quinto día estaba aburrida, así que decidí tomar el ferry de vuelta a tierra firme. San Juan del Sur me parecía un buen lugar para pasar unos días en la playa antes de cruzar a Costa Rica.

Dos horas y cinco taxistas intentando convencerme de que ya no había buses más tarde llego a San Juan. En bus. Aquí cerca se encuentra una de las cinco mejores playas del mundo para hacer surf, la playa de Maderas, y esto parece Mundaka, con surferos de greñal oxigenado por doquier. Encuentro un alojamiento fabuloso y me hago la remolona. Me hablan de un sitio que suena interesante: el Ostional. Con ese nombre, tendré que ir. Dicen que está a unos 40 minutos en bus, así que puedo hacer excursión de día.

Más besos.

La historia en imágenes

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