martes, 9 de junio de 2009

Decimotercera parte: Guatemala II y Honduras

Viaja usted más que Cantinflas, señorita.
Camionero nicaragüense.

Hoy cumplo 10 meses en ruta.

Pequeñuelos, cómo está el centro de las Américas...

Dejo las cristalinas aguas de Semuc Champey para llegarme hasta Flores, pueblo lanzadera para visitar las ruinas mayas de Tikal, flor y nata turística del país. Tengo curiosidad por ver mis primeras ruinas mayas y no me decepcionan. Lo mejor es que están enjungladas y no te cruzas con casi nadie, excepto algún bichejo, mayormente del reino animal no pensante.

La siguiente parada es Río Dulce, a orillas del lago Izabal, un enclave que ni fu ni fa pero donde, mira tú, encuentro un garito donde ponen el partido del Athletic. Cancelo las actividades turísticas del día y me lo veo. Al tercer gol en contra apuro mi licuado multifruta sorbiendo con ruidito. El del bar dice que soy una vasca muy digna, que él en mi lugar estaría lamentándose dramáticamente.

Pimpinela está de gira.

En lancha llego a Livingston, supongo, pueblecito situado en la costa caribeña. El paisaje por el camino es impresionante y supera todas mis expectativas. Rollo Amazonas (donde nunca he estado). Hoy lamento no haberme quedado más tiempo. Livingston es, cómo lo describiría, lo que sería Jamaica si no les hubiera salido bien lo del turismo (tampoco he estado en Jamaica). Caribe del olvidado, un sitio que rezuma trapicheo por todos sus poros. Solo se puede llegar en lancha, con lo que es un puerto de lo más goloso para el tráfico de drogas hacia el norte. Y se nota.

La llegada supone también un cambio de personajismo; pelos, banderas y gorros rastas por doquier, y percusión garífuna desde la mañana. Los garífuna son un grupo étnico con idioma propio repartido por el Caribe centroamericano. Su origen se remonta a principios del siglo XVII, cuando un par de barcos que trasportaban esclavos desde Nigeria naufragaron cerca de la isla de San Vicente, repartiendo negritos y cultura africana por toda la costa.

Daniel, rastalari él, me encuentra de camino a la playa. Me invita a la fiesta que organiza esa misma noche delante de su hogar. Le digo que no pernocto, que estoy de paso, pero me huelo que voy a perderme algo grande. Caminamos hasta su choza (casi literal) donde cambia la camisa de palmeras en fondo azul por una de palmeras en fondo blanco, ambas harto discretitas. Me presenta a sus “hermanos”. Todos comentan la organización de la fiesta con esa dejadez caribeña que te da ganas de convocar oposiciones para designar al encargado del hielo. Ya sé a ciencia cierta que me perderé algo grande. Daniel me invita a un coco fresco, no sin antes preguntarme si no prefiero un “coco loco” (guiño, guiño).

Sigo mi ruta por el pueblo (un par de calles) hasta que llega la hora de regresar al muelle, donde un grupo de negrazas discute por asuntos monetarios medio en garífuna, medio en español. “No money” dice una. “Eso”, dice otra “no money no honey, la que no tenga pisto que no joda”. Me compro un pan de coco y me siento a mirar.

Más buses hasta la frontera de Honduras. No es raro que, de vez en cuando, suban charlatanes. Estos personajes, después de repartir bendiciones y citar pasajes bíblicos, intentan vender todo tipo de cosas; desde calcomanías con citas de Jesucristo hasta remedios contra las lombrices estomacales, normalmente con un éxito considerable. Esta vez sube una chica, muy mona ella, pero de la que se coloca en medio del pasillo, espeta un QUE DIOS ME LOS BENDIGA que la hace parecer poseída por Constantino Romero.

No tengo tiempo de estremecerme en el asiento cuando una señora de la última fila comienza a hacerle eco con amenes y alabanzas al señor cada vez que termina una frase. Entonces, Constantina empieza a orar “por la humanidad, y por los pasajeros del bus, y por el piloto, y por el ayudante del piloto, y por la familia del piloto, y por la familia del ayudante del piloto, y por los negocios de la familia del piloto, y por los negocios de la familia del ayudante del piloto...” (no se me ocurre cómo podría haber sincretizado estos grupos de personas).

Al principio es todo un espectáculo, pero a los 15 minutos empiezas a notar cómo el cerebelo se te filtra por la orejilla, síntoma inequívoco de aburrimiento. Me volteo para escrutar si la plática despierta interés o indiferencia en mis copasajeros. Uno al fondo llora a la par que lanza alabanzas a dios. Concluyo que la chavalita despierta interés. Lo mejor es que ni siquiera vendía nada. Puro proselitismo. Eso sí, al final solicitó esa ya tradicional pequeña contribución (supongo que para sufragar la inminente operación de cuerdas vocales como siga gritando a ese volumen). Casi no me sorprende ver a todo el mundo desembolsar veintes y cincuentas. Con la iglesia hemos topado.

El paso fronterizo a Honduras es tranquilo, cutrecillo, así como en el monte. En Honduras paro poco. Visito las ruinas mayas de Copán y hago trabajo de campo para averiguar cuál es el camino más directo a Nicaragua. El mapa me quiere llevar por El Salvador, pero unos vendedores ambulantes que se conocen la zona me convencen de que lo más rápido es tirar panamericana abajo, sin salir de Honduras. Además, me comentan, El Salvador es peligrosillo.

Por la noche conozco a Emma (ésta de verdad, Pedro), una abuela británica de unos 70 años que viaja sola, no habla ni papa de español y se mueve con una muleta y dos bolsos de considerable tamaño. Emma se va a El Salvador. La madre que la parió.

Noche técnica en San Pedro Sula donde, como diría mi amigo Javier, hay mucho rock and roll por la noche, y horas de bus hasta la Nicaragua sandinista, un país en el que la familia más adinerada se apellida Pelas y la cerveza nacional se llama Toña. Promete.


Y un beso.

La historia en imágenes.

1 comentario:

  1. Como chiempre, amazing... qué fuerte tus aventuras, Maltaaaa

    nos encanta!

    un beso muy grande y cuídesmele, señorita Cantinflas!! jajjajajjajja

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