lunes, 17 de noviembre de 2008

Tercera parte: Nepal II - El secreto de la felicidad revelado

A ver si me pongo al día pronto. Como os contaba...

... antes de cruzar a la India decidí parar en Lumbini, pueblecito cercano a la frontera donde dicen nació el príncipe Siddharta, es decir, Buda. Después de tantas reposiciones en los cines Verdi no podía sino hacer una visita a tan señalado lugar. Cojo el bus con la fresca, a las 6 de la mañana. Además de 3 millones de nepalíes de todas edades y condiciones y con todo tipo de bártulos a cuestas, en el bus había dos mochileros muy blanquitos con cara de “llevo viajando mogollón, porque mira qué desnutrido estoy” (la incompatibilidad entre viajar y nutrir escapa a mi comprensión), un israelí con cara de tener 12 años, pero pinta de “llevo viajando mogollón, porque mira que barbas tengo” (nada, si yo me puedo depilar, tú te puedes afeitar) y 2 abuelas chinas que me tenían maravillada. Ni viaje organizado ni leches. Ellas ahí, en el bus de línea estoicamente.

A medio camino, parada de avituallamiento. El barbudo me echa miradas intermitentes y yo sé lo que le pasa por la cabeza. Se acerca. Y efectivamente. Shalom. Tou! Que no, que no soy shalom! Sorry, I'm Spanish. Oh, but I thought... Ya. Pues no. (Apunte: tengo que dejar de ponerme pañuelos en la cabeza).

Continuamos el viaje. El bus se para y vemos ante nosotros una larga fila de camiones y buses. Parados y requeteparados. Desprendimiento de tierra. La carretera está cortada. Son las 2 de la tarde y hace calorrrrrr. Bajamos a ver que pasa y vemos que la única opción es coger los bártulos e intentar atravesar la montaña de barro y lodo hasta el otro lado. Cargamos mochilas y nos unimos a la marea de gente. Voy en chanclas, y lo primero que ocurre cuando intento trepar la barrikada es que me hundo miserablemente, como pajarillo en chapapote, vencida por el peso de mi mochila. Shalom! Shalom! grito (no me acuerdo de su nombre), me puedes ayudar con la mochi tío porfa?

Llego al otro lado. Los buses comienzan a hacer el recorrido inverso y encuentro uno que va a la frontera. Me va bien. Puedo parar en el desvío a Lumbini y pillar allí otro bus. Voy descalza y con los pies embarrados. Antes de subir miro al conductor como pidiendo permiso para embarcar en mi condición. Su gesto es claro: me la trae al pairo, nena. Así que mochila al techo y pa’dentro. Otra vez como sardinas. Tras 10 minutos de trayecto vislumbro una señal: Lumbini. Flecha perpendicular. Stoooooop, ¡por Buda! Frenazo. Me apeo.

Me paseo por el pueblo con los pantalones arremangaos, los pies embarrados y sangüicheada entre dos mochilas. Y todavía, un calorrrrrrrrr. No me extraña que los taxistas me vieran presa fácil. Veo unos buses al fondo. Alguno tiene que ir a Lumbini. Y alguno iba. Arriba pues. Subo al bus hecha un cuadro y... ¿a quién me encuentro más frescas que dos lechugas? Efectivamente, a las abuelas chinas. ¡No se les había movido un pelo de su raquítico moño! Me echan una de esas sonrisas que solo sabe esbozar la tercera edad oriental y me siento con toda la dignidad que mi estado me permite. Resulta que eran coreanas. Cómo no...

Se vuelve a llenar el bus. El tercero del día. Salimos. El aplastamiento me obliga a mirar al techo, donde un cartel reza The secret of happiness is curiosity. Acojonante. En la siguiente parada salgo del bus y continúo el trayecto en el techo. Fresca y acariciada por la suave luz del atardecer (¿qué me decís de la estampa?) llego a Lumbini a las 17.00. Casi 12 horas para escasos 200 Km. Busco alojamiento, ceno y aguardo a ver qué me depara la ciudad de Buda.

Amanezco a las 6 sobresaltada por una estridente música megafónica. Tras 15 minutos cesa la música y comienza un parloteo. No sé muy bien si es un rezo o las ofertas del super, aunque a mi todo discurso megafónico me suena a convocatoria abertzale. Alquilo una bici y empiezo mi recorrido por Lumbini, que no es un pueblo en sí, sino un conjunto de pagodas donadas por diferentes países. Disneylandia budista. A las fotos me remito. Meca, Lourdes, Lumbini. Un circo de 3 pistas. Al menos el entorno es bonito. Al atardecer, al ver la puesta de sol sobre los arrozales, me entra un nosequé por dentro, mezcla de felicidad extrema y penita, porque mis horas en este maravilloso país están contadas. Ya toca India.

Hago noche en Bairawa, un sórdido pueblo cercano a la frontera, todavía en el lado nepalí. A primera hora de la mañana estaba en el paso fronterizo de Sunauli. Filas interminables de camiones y suciedad por todos lados. Pasado el puesto nepalí, llegas a una calle tierra de nadie llena de tiendas y más suciedad. Hay que buscar con lupa la oficina de inmigración de la India, ya que puede pasar perfectamente por otra tienda. La frontera se podría cruzar tranquilamente sin que nadie te controlara absolutamente nada. Me sellan y continúo. Veo un perro con 3 patas y mil pulgas. Sobre él un cartel:
Welcome to India.

Un beso
La historia en imágenes.

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