viernes, 7 de noviembre de 2008

Segunda parte: Nepal I

¡Y hola de nuevo!

A ver, donde estábamos... ah sí, Pekín. Había dejado al Pere embarcado en su pesadilla aeronáutica rumbo a la ciudad condal. Y allí comenzó mi aventura en solitario. Aterrizo en Katmandú casi a media noche. Desde el taxi se atisba mucho perro rabioso, mucha roña y poco más, porque casi no hay luz. Amanezco en Thamel, el barrio de la locura, infestado de tiendas tipo anarca perro-flauta, tiendas de montaña y tiendas de discos que hacen sonar al 50% rock setentero y el om mani padme hom, el greatest hits del budismo.

Nepal fue el gran destino espiritual de los setenta. Los hippies de todo el mundo se reunían aquí en busca de nirvana y marihuana, algo que, por supuesto, puedes conseguir en menos que te pruebas un cortavientos de The North Face. Para que os hagáis una idea de la magnitud del personajismo que aquí había, sólo os diré que hay una calle llamada Freak Street, donde se concentraban los hippies antaño. Dicen que ya no es lo mismo, pero yo creo que la proporción de iluminatis por habitante supera aun la de otros puntos del planeta.

Yo tuve la suerte de alternar con varios de ellos. Los reconoces en seguida porque lo primero que te dicen es “yo no tomo nada” y luego te hablan de su buena energía y de la energía chunga del otro (que, al contrario que ellos, se pone de setas hasta arriba...). Son muy entrañables.

Pues andaba yo jubilosa por Thamel cuando se produjo mi encuentro con los del Al Filo y Edurne Pasaban (oh my god oh my god oh my god). Entré en mi local habitual de desayunos a tomarme un zumito sanote y me encontré con un nutrido grupo de españolitos. Observando un poco más me di cuenta de que algunos, seguro, eran de mi tierra, y alguno de ellos debió pensar lo mismo porque procedieron a preguntarme a ver si entendía. Entender entiendo. “Jo chaval, ya decía yo, tienes cara de ser de Durango”. Toma ya.

Me contaron sus AVENTURAS (dejando la mía personal a la altura de la de un jubilado del imserso); que si 14 ochomiles, que si expediciones a la Antártida, que si mira que quería hacer yo una demostración de cortar troncos aquí en Thamel (Alex, además de superman era segundo aizkolari de Vizkaya) y vamos, que el que menos había subido al Everest. Mi ascenso al campo base del Annapurna había quedado ya reducido a la categoría de “trekincillo”.

Septiembre es el último mes de monzón en Nepal. Lo bueno es que no hay muchos turistas. Lo malo, efectivamente, que llueve. No obstante, no es un mal mes para visitar el país. Algún chaparrón fuerte cae, pero en general he tenido bastante más sol que agua. Lo mejor es que, según a qué sitios vayas, estás casi sola. Yo quería comenzar mi ascenso al Annapurna (yeah right) lo más tarde posible, precisamente por la lluvia, así que decidí irme unos días a la jungla, donde estuve más sola que la una. Los 4 chavalotes que llevaban el resort estaban a mi entera disposición (no aclararé este comentario).

Me comentaron las diferentes opciones que había para descubrir la excitante vida salvaje. Me decanté por una caminata de dos días. Entonces empezaron los peros; con las lluvias, la hierba está muy alta y pueden producirse encuentros fortuitos con animales, a lo peor con rinocerontes. Problem. Por la misma razón será casi inevitable coger sanguijuelas. Problem. Ok. Es igual. Vamos. Muy bien, pues mañana te damos un par de instrucciones de seguridad y pa’lante. No problem.

Así que a las 6 de la matine, cuando empezaba a levantar la niebla allí estábamos, cruzando al otro lado del río, con sonidos de mil bichos diferentes como música de fondo. Yo sangüicheada entre mis dos guías; Ram y Bimal. Y antes de adentrarnos en la jungla, las instrucciones de seguridad: ¿sabes subirte a un árbol? Excuse me? Si nos ataca un rinoceronte es la opción más segura. Gracias, me quedo mucho más tranquila. Joer.

La caminata fue increíble. No vimos al poderoso tigre de Bengala (aunque sí sus huellas perturbadoras) pero vimos osos, monos, ciervos, mil pájaros, un cocodrilo y una rinoceronta con su baby. Da bastante canguelo ver tan de cerca un animal de tamañas proporciones, mucho más cuando no estás en un jeep, ni detrás de una verja, sino a pelo descubierto. Yo disfrutaba de la escena a la par que escrutaba los árboles cercanos a los que poder encaramarme, todos más rectos por cierto que el palo de un chupa chups.

Los 3 días en la jungla no dieron para más. Me fui a regañadientes, porque allí me sentía yo como Jane por su selva. Pero se acercaba el momento de emprender camino hacia Pokhara, lugar donde se preparan la mayoría de los treks y segunda ciudad de Nepal en habitantes (aunque no deja de parecer un pueblo).

Tras diversas entrevistas encontré a mi guía; Deu. Un hombre marcado por la implacable crueldad del sistema de castas. En los 8 días que duró el trek me contó cómo, al pertenecer a la casta más baja, la de los intocables (que ni siquiera se considera casta sino más bien una remesa de esclavos), no tenía prácticamente acceso a ningún trabajo. Había logrado estudiar gracias a la bondad de un vecino profesor que le había financiado la universidad, pero su apellido (indicativo de la casta a la que perteneces) le cerraba las puertas a prácticamente todos los trabajos. Incluso para ser guía de montaña tenía que mentir sobre su apellido. Su única obsesión ahora era poder ofrecer a sus 4 hijos una educación que les permitiera salir de esa espiral de pobreza. Los pelos de punta.

Emprendimos camino al campo base sin programa fijo. Yo le dije, tú tira, si te puedo seguir te sigo, si no, aflojas. Y vaya si tiró, y menos mal que le pude seguir. Caminábamos unas 5-6 horas al día. Llegamos arriba en 4 (3 a efectos, ya que el último día sólo fueron 2 horas) retando al mal de altura y a las numerosas sanguijuelas que cogimos por el camino. Porque esa era otra, en la jungla me había librado, pero aquí parecía imposible. Yo, neófita en asuntos de chupópteros, le pregunté si las notaría. Sí sí, me dice. Casi de la misma veo en mi pantalón una mancha de sangre del tamaño de La Rioja, me subo el pantalón y quedo boquiabierta ante el festival hemorrágico que se celebraba en mi pierna. La oronda sanguijuela caía al suelo, satisfecha por la nutrida que se acababa de dar. Sólo le faltó eructar. Pues no, no las noto.

La bajada fue también rápida, pero más incómoda porque llovió bastante, pero logramos estar de vuelta en Pokhara al octavo día. Deu, por supuesto, estaba como una rosa. Yo apenas sentía mis doloridas canillas y corrí rauda (en sentido figuradísimo, claro) a darme un merecido masajote. Y así me pasé unos días dedicados al descanso, la contemplación y la meditación, paseando por el lago y reposando en mi suite (no es broma) de a 2,5 euros la noche.

Aún me quedaban un par de semanas por el país, así que decidí volver a la jungla. Los chavalotes me recibieron con júbilo y algarabía. Ya podía decir “lo de siempre” cuando pedía el desayuno. Y después me iba al río. Sabía que por la mañana bañaban a los elefantes y dejaban que la gente se subiera a ellos por alguna que otra rupia. Después, los animalitos se tumbaban en el agua y sus cuidadores les hacían un peeling corporal completo raspándoles la piel con una piedra. Ellite Top Model estilo elefantuno. Lo vi claro; esa sería mi actividad matutina. Era además la única forma de refrescarse. Allí hace mucho calor y no te puedes bañar en el río por los cocodrilos...excepto si están los elefantes, que los mantienen a distancia.

Y eso hice. Cada mañana, después de que la gente se hubiera subido y bajado de los paquidermos, me metía yo al agua con las criaturitas y a rascar. Me resulta imposible describir lo que se siente al tener ese pedazo de animal tumbado en el agua, resoplando por la trompa de lo a gustote que está mientras le limpias. Una de las experiencias más increíbles y gratificantes que he vivido. Es simplemente emocionante. Y así todos los días hasta que, por segunda vez, tuve que volver a irme a regañadientes de la jungla. Había que ir abandonando el país.

Pronto la siguiente entrega.
La historia en imágenes.

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