Aprovecho este mes de conexión cibernética para ponerme al día. El centro donde doy clases no tiene muchos recursos y tengo que venir a prepararme las clases a un cibercafé. Así está el patio...
Estábamos a un paso de la India, ¿verdad?
Leo tranquilamente un rato hasta que noto como una figura siniestra se me aproxima por la derecha. La figura, veo de reojo, lleva un sari. Es mujer. Sin mirarla, sigo leyendo. Se asegura de que vea el cazo poniéndomelo delante del libro. La miro y digo no. Me toca el libro y me mete el cazo de nuevo. Que no. Me vuelve a tocar el libro y me señala el pie; un muñón. Que no. De repente, me suelta un graznido a lo niña del exorcista que me hiela la sangre y me hace dar un respingo. Vuelvo a decir no, pero no me sale la voz. Se da la vuelta y se va. Leches.
Mi tren llega con un retraso de dos horas pero llega. Busca los cristales tintados Marta, los cristales tintados. El frescor del vagón anuncia mi triunfo. Comparto cámara con 3 businessmen indios que no paran de juguetear con sus móviles. Apunte ferroviario para Pere; primera en India es genial, los compartimentos son de 4 pero las literas son enormes. Y ¡te traen la cena! Segunda y tercera no son una opción. Para no perder la costumbre, me hago fuerte en la litera de arriba. Llego a Delhi de buena mañana, fresca como una lechuga. Voy al hotel y aguardo emocionada la llegada de Stevo.
El resto del viaje por Rajastán queda censurado que yo, como Antonia Dell’Atte, de mi vita privata non haplo. Solo os comentaré que hicimos rutilla por Jaipur, Jodhpur, Udaipur, Pushkar y Agra (¡oh el Taj Majal!) y lo pasamos tetilla.

Pero llegó la hora de partir, así que con alguna que otra seda y 3 libros de Osho bajo el brazo, abandono la India rumbo a Camboya, donde después de 3 meses tocándome el pie voy a tener que tr, que tr, que tra, que trabajar...uf. Aquí llevo ya casi un mesecillo (incluyendo una semana de vacaciones por fiesta nacional). La reincorporación a la vida laboral es un asunto muy delicado que debe realizarse con sumo tiento. (Y ahora meto un je je de tomo y lomo). Me alojo en casa de una familia camboyana que merece un capítulo aparte. Otro día.
Estoy dando clases de inglés en un centro budista para gente pobre; el Buddhist Morality Education Center. Mi apostasía aún fresca en algún archivo de la Santa Sede y yo en un centro budista. Ironías de la vida. Tengo alumnos monjes e incluso imparto dos clases con uno. Qué voy a decir, mis alumnos son para comérselos con patatas. Me consta que entre las lectoras de esta misiva hay varias docentes y ellas especialmente comprenderán lo gratificante que es tener alumnos respetuosos e interesados. Así da gusto dedicarse a la enseñanza.
Como digo, ya he tenido una semanita de vacaciones entre medio. Aproveché para irme unos días a la playa. Me busqué una bien apartada y tranquila. Bungalow junto al mar y de buena mañana bañito, ensalada de frutota y paseo. Fue precisamente en uno de esos paseos matutinos cuando di con el clero budista de excursión. Caminando iba yo por la orilla cuando veo una fila de al menos 10 naranjitos subiendo a una embarcación, una imagen de lo más pintoresca. Me dispongo a tomar unas instantáneas del momento, cuando reparan en mi presencia y me hacen gestos para que suba. Pero ¿a dónde vais? Excepto uno (que poco), nadie habla inglés. Come with us. Supongo que van a una isla que está como a media hora. Pues ok.

Son todos bastante jovencitos y están seriamente emocionados con su excursión. No acabo de sentarme cuando reparo en que mi little black dress apenas me cubre el honor y tengo que hacer contorsionismo para que no me divisen el triangulillo. No solo eso, después de bañarme me he quitado la parte de arriba del bikini y voy medio comando. Me pongo la bolsa delante de las piernas por hacer algo.
Llegamos a la isla. Hay un par de barcos de turistas. Algunos se están bañando y otros tomando algo en el chiringuito. Todos flipan al ver desembarcar a un grupo de monjes budistas con una tía, a efectos, medio en pelotas. Me retiro rauda a la sombra de un cocotero. La mayoría de los monjes se van selva adentro, pero otros se quedan. Yo, que me he venido descalza, me quedo en la playa leyendo. Otro de los que se queda me mira y me pregunta con gestos a ver si no tengo pantalones. Nop. Desorbita los ojos y mira para otro lado. Al de dos horas comienzan a volver escalonadamente. Volvemos al barco y zarpamos. Un monje pota por la borda y todos se ríen de el. Qué cabroncetes los monjes. Tras unos minutos de travesía, advierto que el barco no se dirige a MI playa, sino a otra isla. Merd. Echamos el ancla a unos 200 metros en una zona donde se ven bastantes corales y de repente empiezan a sacar gafas de buceo con snorkel, a colgar las togas por donde pueden (ropa interior naranja a juego) a ponerse los chalecos salvavidas (la mayoría no sabe nadar) y a saltar al agua en medio de un gran escándalo. No pueden más de la emoción. Les va a dar algo. You swim, you swim! Sí rico, pensaba yo, si ganas ya tengo. Quitarse el vestido no era una opción así que... al agua con todo. Nado alejada de ellos por eso de que llevan gafas...
Al subir al barco encuentro un espectáculo dantesco; habían arrancado unos buenos trozos de coral y se los habían embarcado a modo de trofeo. La mayoría de los que iban subiendo venían con heridas en la planta del pie (probablemente por pisar erizos, que vi bastantes) y no paraban de decir au au au. Y ahora, atención: para paliar el dolor, los lesionados empiezan a pegarse porrazos con el tubo del snorkel en el pie. Otro saca un paquete de trujas del bolsillo toguil, parte un cigarro por la mitad (tira el filtro al agua, claro) se pone el tabaco en la herida, y ya que tiene el paquete en la mano... ¡se fuma un pito! Estoy escandalizada.Regresamos por fin a la playa y me despido de la panda agradecida por el viaje y un tanto ojoplática. Me paso el día siguiente quietita en mi hamaca.
Y ya estoy de regreso en la ciudad. Periplo actualizado por fin. Espero que las próximas entregas no se me desfasen en el tiempo.
Pronto las primeras fotos de Camboya.
Debido a problemas técnicos ajenos a mi voluntad las fotos de la India se demoraran un poco. No obstante, me consta que el project manager encargado de solventar el entuerto ha puesto a sus mejores hombres en el caso.
Muchos besos,
Santa Marta
La historia en imágenes.










